Es una pregunta a la que me enfrento con cierta frecuencia.
Entra
en mi órbita proveniente de estudiantes, colegas, conocidos.
Antes,
cometía el error honesto de hablar con entusiasmo sobre obras que han conmovido mi
entendimiento.
Ahora
comprendo que orientar a alguien hacia párrafos fértiles no pasa por recomendar lo que a mí me gusta.
Así
como cada lector hecho y derecho tiene sus constantes y
extravagancias, esos autores a los que rinde culto o esos placeres
culposos sólo reconocibles cuando se observa con cuidado su
biblioteca, el lector en formación -muchos de los que hacen la pregunta son eso- posee intereses, vocaciones,
bondades y, por qué no decirlo, una curiosidad bastante fuerte a
propósito de ciertas perversiones.
Justo
por estas inclinaciones muy particulares es que debe abordarse la
cuestión.
La
máxima de Protágoras me dio la clave: “El hombre es la medida de
todas las cosas”.
Basta
con hacerle una modificación orientada a la promoción de los amigos
encuadernados.
El
descubrimiento ocurrió durante una charla de café con una amiga que
confesó no tener el hábito lector.
A
fuerza de comenzar lecturas y abandonarlas luego de quince o veinte
páginas, se había instalado en su ánimo la idea de que era algo
tonta porque no podía terminar un libro.
Enseguida,
hizo la pregunta que motivó estas líneas.
Luego
de recetarle diez padrenuestros latinoamericanos y el Ave María
en arameo, recurrí a mi respuesta estándar.
Le
dije que debía leer cosas que le gustaran.
Como
mi amiga parecía no tener sus gustos a mano, le pedí nombrar
algunos de los títulos abandonados.
Me
dijo que le habían regalado Curso de Milagros, alguna cosa de
superación personal, otra cosa de su profesión (ella es psicóloga),
y nada, en ningún caso había podido superar la página veinte.
Luego
de señalarle varias obviedades, “esos libros no eran para ti”,
“no terminar uno o varios libros no significa que seas tonta”,
“hay autores que exigen desde paciencia hasta tolerancia”, ella
seguía metida en la idea de que no, las palabras por escrito no eran
lo suyo.
Para
ese momento, la pobre ya enviaba señales claras de zozobra con los
arcos de las cejas.
El
hábito lector, insistí, nace de los gustos, no de leer temas que te
interesan, ni de recomendaciones que te ayudarán como individuo o en
el ámbito laboral, a esos peldaños se llega después.
El
escenario ideal, desde luego, es lograr la coincidencia entre gustos,
intereses, formación personal y la adquisición de conocimientos
profesionales.
Le
pedí pensar en los libros como personas que se cruzan por su camino.
A
unas las aceptas al instante y con otras marcas distancia desde el
primer momento.
Unas
despiertan en ti el deseo de frecuentarlas; a otras las olvidas en un
segundo.
Sin
embargo, por muy selectiva que seas, no frecuentas a un solo tipo
de individuos.
En
tu agenda hay amistades que son la personificación del buen humor.
También
tienes contactos a los que no sabes si clasificar como
interesantes o aburridos, pero cuya plática te obliga a repasar tus
pensamientos.
¿Y
qué decir de esos sujetos algo o muy teatrales, algo o muy soberbios,
cuya charla fluida y admirable conocimiento de diversos temas te
envuelve o emboba?
Algo
así sucede con la lectura.
Muy pronto sabes si un libro será tu amigo. Que te guste su compañía
es el mejor indicador.
Si
la relación queda en amistad o se convierte en algo más, amantes de
una noche, novios, pareja estable, amantes frecuentes, etcétera, el
tiempo lo dirá.
Mi
amiga sonrió con esa sencillez que la vuelve un poco más atractiva.
Hubo
un destello luciferino en su mirada cuando le pregunté si alguna vez
había leído un libro de corrido.
No
recordaba los nombres, ni del autor ni de la obra, pero sí la
temática, y la mecánica.
Con
eso bastó.
Agotado
el café, y como todavía era temprano, sugerí echar un ojo en las estanterías de Otelo, la librería de viejo de la avenida Juárez.
Fue
fácil encontrar un par de obras emblemáticas del género a precio de remate.
Comenté
que una de ellas había sido prohibida por la Iglesia y que la vocal
en el título de la otra hacía referencia tanto al nombre de la
protagonista como a un orificio del cuerpo humano.
Ya ha transcurrido algún tiempo desde aquello y, aunque
soy materia dispuesta, no he tenido oportunidad de comprobar más
allá de la conversación los progresos de mi amiga con la lectura.
Su
ahora exnovio, bocazas compulsivo que también es mi amigo, rehúsa
compartir los pormenores de la ruptura.
Imagen
de Jaredd
Craig en Unsplash

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