miércoles, 8 de enero de 2020

¿Qué libro me recomiendas?


Es una pregunta a la que me enfrento con cierta frecuencia.
Entra en mi órbita proveniente de estudiantes, colegas, conocidos.
Antes, cometía el error honesto de hablar con entusiasmo sobre obras que han conmovido mi entendimiento.
Ahora comprendo que orientar a alguien hacia párrafos fértiles no pasa por recomendar lo que a mí me gusta.
Así como cada lector hecho y derecho tiene sus constantes y extravagancias, esos autores a los que rinde culto o esos placeres culposos sólo reconocibles cuando se observa con cuidado su biblioteca, el lector en formación -muchos de los que hacen la pregunta son eso- posee intereses, vocaciones, bondades y, por qué no decirlo, una curiosidad bastante fuerte a propósito de ciertas perversiones.
Justo por estas inclinaciones muy particulares es que debe abordarse la cuestión.
La máxima de Protágoras me dio la clave: “El hombre es la medida de todas las cosas”.
Basta con hacerle una modificación orientada a la promoción de los amigos encuadernados.
El descubrimiento ocurrió durante una charla de café con una amiga que confesó no tener el hábito lector.
A fuerza de comenzar lecturas y abandonarlas luego de quince o veinte páginas, se había instalado en su ánimo la idea de que era algo tonta porque no podía terminar un libro.
Enseguida, hizo la pregunta que motivó estas líneas.
Luego de recetarle diez padrenuestros latinoamericanos y el Ave María en arameo, recurrí a mi respuesta estándar.
Le dije que debía leer cosas que le gustaran.
Como mi amiga parecía no tener sus gustos a mano, le pedí nombrar algunos de los títulos abandonados.
Me dijo que le habían regalado Curso de Milagros, alguna cosa de superación personal, otra cosa de su profesión (ella es psicóloga), y nada, en ningún caso había podido superar la página veinte.
Luego de señalarle varias obviedades, “esos libros no eran para ti”, “no terminar uno o varios libros no significa que seas tonta”, “hay autores que exigen desde paciencia hasta tolerancia”, ella seguía metida en la idea de que no, las palabras por escrito no eran lo suyo.
Para ese momento, la pobre ya enviaba señales claras de zozobra con los arcos de las cejas.
El hábito lector, insistí, nace de los gustos, no de leer temas que te interesan, ni de recomendaciones que te ayudarán como individuo o en el ámbito laboral, a esos peldaños se llega después.
El escenario ideal, desde luego, es lograr la coincidencia entre gustos, intereses, formación personal y la adquisición de conocimientos profesionales.
Le pedí pensar en los libros como personas que se cruzan por su camino.
A unas las aceptas al instante y con otras marcas distancia desde el primer momento.
Unas despiertan en ti el deseo de frecuentarlas; a otras las olvidas en un segundo.
Sin embargo, por muy selectiva que seas, no frecuentas a un solo tipo de individuos.
En tu agenda hay amistades que son la personificación del buen humor.
También tienes contactos a los que no sabes si clasificar como interesantes o aburridos, pero cuya plática te obliga a repasar tus pensamientos.
¿Y qué decir de esos sujetos algo o muy teatrales, algo o muy soberbios, cuya charla fluida y admirable conocimiento de diversos temas te envuelve o emboba?
Algo así sucede con la lectura.
Muy pronto sabes si un libro será tu amigo. Que te guste su compañía es el mejor indicador.
Si la relación queda en amistad o se convierte en algo más, amantes de una noche, novios, pareja estable, amantes frecuentes, etcétera, el tiempo lo dirá.
Mi amiga sonrió con esa sencillez que la vuelve un poco más atractiva.
Hubo un destello luciferino en su mirada cuando le pregunté si alguna vez había leído un libro de corrido.
No recordaba los nombres, ni del autor ni de la obra, pero sí la temática, y la mecánica.
Con eso bastó.
Agotado el café, y como todavía era temprano, sugerí echar un ojo en las estanterías de Otelo, la librería de viejo de la avenida Juárez.
Fue fácil encontrar un par de obras emblemáticas del género a precio de remate.
Comenté que una de ellas había sido prohibida por la Iglesia y que la vocal en el título de la otra hacía referencia tanto al nombre de la protagonista como a un orificio del cuerpo humano.
Ya ha transcurrido algún tiempo desde aquello y, aunque soy materia dispuesta, no he tenido oportunidad de comprobar más allá de la conversación los progresos de mi amiga con la lectura.
Su ahora exnovio, bocazas compulsivo que también es mi amigo, rehúsa compartir los pormenores de la ruptura.

Imagen de Jaredd Craig en Unsplash

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