martes, 9 de junio de 2020

Las redes de la COVID-19


Desde que la “vieja normalidad”, esa a la que podríamos llamar “rutina de todos los días”, fue herida de gravedad, se ha vuelto un lugar común llamar a médicos y enfermeros, y en menor medida a personal administrativo y de intendencia de los nosocomios, héroes que luchan en la primera fila de la batalla contra la COVID-19.
Menos común es escuchar las voces de los trabajadores sanitarios.
La información sobre la evolución de la pandemia fluye por los canales oficiales pero, el descrédito de las autoridades que presiden el desfile de cifras y recomendaciones excita en muchas personas el germen del escepticismo.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2019, el 48.8 por ciento de la población desconfía del gobierno federal mientras que casi 60 de cada 100 mexicanos no confía en las administraciones estatales.
Los hospitales públicos gozan de mayor credibilidad que los actores políticos. El 63.3 por ciento de la gente tiene confianza en ellos. Sin embargo, en los pasados tres meses, las manifestaciones de sus trabajadores sólo han emergido a cuentagotas.
El 14 de mayo, la Organización Mundial de la Salud difundió un comunicado en el que llamaba a invertir recursos para evitar crisis de salud mental derivadas del combate al coronavirus. El organismo describió a los profesionales sanitarios como un conjunto proclive a sufrir malestar psicológico por causas como la sobrecarga de trabajo, el riesgo al contagio y la necesidad de tomar decisiones de vida o muerte. Muchos profesionales de la salud, se leía en el texto, han reconocido que necesitan apoyo psicológico.
Semanas antes, el 17 de marzo, el Instituto Belisario Domínguez emitió una nota estratégica titulada Las remuneraciones del personal de la salud en México: entre el amor al arte y los esfuerzos débilmente recompensados. La idea esencial de la información era que los representantes de los cuidados médicos en territorio nacional no reciben emolumentos acordes ni a los años invertidos en su formación ni a las tareas cruciales que desempeñan.
Situados entre la espada de la COVID-19 y la pared de las bajas remuneraciones, ¿qué dicen los agentes de la salud pública? La siguiente crónica fue construida a partir de hitos en el devenir de la pandemia y de publicaciones hechas en redes sociales por elementos del sistema sanitario en Torreón.
27 de febrero. Confirmado el primer caso de importación del coronavirus, el gobierno mexicano ha declarado la fase 1 del plan para evitar el contagio masivo. Un amigo compartió en mi muro el video de un simulacro sobre la forma en que debe abordarse a un sospechoso de portar la COVID-19. Acompañó a la imagen con un texto redactado en estilo telegráfico: Simulacros. Diantres. Al tiro. Coronavirus. En México ya estamos preparados. Mis contactos subieron reacciones como “Nos vamos a morir, jajaja” o “En el Seguro no tosen así, te tosen (casi te escupen) en la cara”.
3 de marzo. Un mal día. Lleno de enfado. ¿Desde cuando proteger al personal de una enfermedad que se transmite por vía aérea es un lujo? Resulta que no es necesario pedir un N95 (la mascarilla de filtrado más empleada en el terreno médico) para tratar con pacientes de tuberculosis pulmonar; un cubrebocas simple es más que suficiente. Ese tipo de respuestas descorazonan. Cuidan más la clínica o el insumo que al trabajador. Tristemente, son pocos los directivos que se preocupan por el personal. Para la mayoría de los que mandan sólo somos estadísticas, números.
11 de marzo. La Organización Mundial de la Salud ha declarado pandemia al brote de la COVID-19.
12 de marzo. Afuera de la clínica está formada la fila para conseguir medicamento. Un conocido me detuvo, necesitaba hablar. Estaba algo alterado. Dijo que siempre es lo mismo. Tiene que aventarse un tiro para llegar a la ventanilla y al final de la espera sólo recibe la mitad de la dosis prescrita.
14 de marzo. La Secretaría de Educación Pública anunció que las clases serán suspendidas del 20 de marzo al 20 de abril.
17 de marzo. Hasta el momento, cero defunciones por coronavirus.
18 de marzo. Primera muerte por el virus en México. Los días que vienen serán difíciles para muchos. Toca ser solidarios con los afectados por la contingencia.
22 de marzo. La cuestión es bastante simple de enunciar: quédense en casa. Eso de venir al filtro de Urgencias es como la ruleta rusa: puede que te toque, puede que la libres. No acudas a menos que sea una urgencia real.
23 de marzo. Inicio de la Jornada Nacional de Sana Distancia. Voy al trabajo. A darle con o sin insumos.
24 de marzo. Las autoridades de salud dieron luz verde a la Fase 2. Se pusieron en marcha las acciones del Plan Marina y el Plan DN-III-E para auxiliar a la población en todo el país. El siguiente mensaje de Alicia me ha conmovido. Habla de un grupo vulnerable a la COVID-19 del que no se habla mucho, por eso lo comparto: Nosotros, los trasplantados, tomamos inmunosupresores. Son medicamentos que mantienen nuestro sistema inmunológico suprimido, esto quiere decir que siempre traemos las defensas bajas, lo que nos hace más propensos a enfermar (característica que compartimos con los pacientes de cáncer, los obesos, los hipertensos y los diabéticos). Por eso, en estos días de pandemia, les pido que sigan las recomendaciones para evitar contagios. La situación es muy seria. Las cirugías de trasplantes fueron canceladas en todo el país. No tienen idea de la magnitud de esa decisión. Muchos aguardamos con una mezcla de esperanza e impaciencia la fecha de la operación porque representa mejorar nuestra calidad de vida. Si aún no crees en todo esto, tu postura es muy respetable pero, mantente alejado de mí o de cualquier otro paciente inmunosuprimido. No se vale que tu ignorancia eche a perder todos mis años de lucha contra una enfermedad crónica.
26 de marzo. Apoyar también significa hacer labores que no me competen. Dar un plus por la población. Lo hago con gusto. Tengo muchos buenos ejemplos a mi alrededor. No quisiera ser indiscreto pero, la verdad, a veces los trabajadores de limpieza, de oficina y de otras categorías bajas están más dispuestos a ayudar que los médicos y las enfermeras calificados que tenemos. Sabemos a lo que nos exponemos, sabemos que nos arriesgamos pero, si los hospitales no ayudamos ahora, ¿para qué servimos entonces?
27 de marzo. Recibimos capacitación sobre COVID-19. Una amiga me colmó de bendiciones cuando le comenté que por la contingencia las personas de la tercera edad y con enfermedades degenerativas no acudirán a las citas de revisión de abril. Eso la tranquilizó mucho, tenía miedo de traer a su madre a la clínica. Le di “me gusta” a la foto de un par de colegas. El mensaje adjunto decía: Entretenidas y asustadas pero, con toda la actitud.
29 de marzo. Me pareció apropiado copiar la oración de una compañera: Nada sé sobre el futuro, desconozco lo que habrá, mas si él cuida de las aves, él también me cuidará.
30 de marzo: Nuestras autoridades informaron lo siguiente:
a) La Secretaría de Salud puso a consideración del Consejo de Salubridad General acciones para atender y declarar la emergencia sanitaria que incluyen la suspensión de las actividades no esenciales.
b) Se establece un periodo de cuarentena del 30 de marzo al 30 de abril.
c) La SEP emite una segunda declaratoria con la suspensión de clases en aulas hasta el 30 de abril.
31 de marzo. Hoy recibimos en la clínica a nuevos compañeros. Pobres. Apenas salen del cascarón y les va a tocar el mero mole de la contingencia. Los que ya tenemos experiencia traemos el miedo y el estrés a tope. No puedo imaginar cómo se sentirán. Sé que todos ellos darán su mejor esfuerzo por los pacientes. Mientras acunaba en los brazos el diploma una de las nuevas dijo: “Sabemos que esto se va a poner feo y que nos podemos contagiar. Igual queremos ayudar. Nuestra formación valió la pena y estamos aquí para servir”.
1 de abril. Tomado del muro de Jebús. Querida familia. Escribo estas líneas para que estén tranquilos. Yo elegí mi camino, mi profesión, por vocación. Hoy toca estar en peligro, tentar al destino, exponerme al riesgo de convertirme en un depositario más de la pandemia. Es natural sentir miedo. Cada día escucho en mi interior una voz que me llama a desertar. Las razones para pensar de ese modo pesan: si me contagio y el coronavirus me mata, no podré hacer tantas cosas, no podré concretar tantos sueños. Sin embargo, mi mayor temor es que ustedes, mis seres queridos, caigan enfermos y yo no pueda hacer nada para salvarlos. No quiero verlos convertidos en un número más, en un elemento más de estadísticas frívolas. Soy responsable de mis actos. Elijo cumplir con mi labor porque ustedes me enseñaron a tener un corazón que no puede ser indiferente al dolor ajeno y a utilizar mis conocimientos para ayudar a quien los necesita. A causa de la pandemia, el mundo entero exige lo mejor de los profesionales del sector salud. El desafío pues, está servido y yo no ignoro el llamado. Si algo sale mal y acabo por despedirme, será un honor haber servido junto a mis camaradas, colegas, compañeros, tanta gente que no baja los brazos y se mantiene firme. Si quieren recordarme como un héroe, háganlo. En lo personal, me gustaría ser recordado como un ser humano cuyos único poder era saber cuidar del enfermo, del desamparado, de aquel que lucha por su vida. Deseo que todo esto desaparezca. Deseo que todo esto se convierta en un mal momento ya superado. Sin embargo, sé que no será así. Si llego a faltar, antes que sufrir el aguijón de mi ausencia, piensen en mí como alguien orgulloso de haber cumplido con su deber. Yo esperaré por ustedes allá arriba. A todos los que, sin conocerme, han llegado a estas palabras de algún modo, les pido tomar conciencia: quédense en casa, ayúdenme a ayudarlos, yo saldré por ustedes.
2 de abril. La falta de materiales es recurrente. Hoy me quejé junto a una amiga. “Las cosas son así en la mayoría de nuestros hospitales”, dijo. No es la primera vez que pone de su bolsa para comprar insumos. Duele ser dirigidos por personas sin la preparación, el sentido común y la honestidad para hacer frente a la situación.
4 de abril. Voy a mi trabajo. Atrás quedó la normalidad. En lugar de sueño y hambre llevo mucho miedo de contagiarme. Son días de tristeza y, sobre todo, de temor. No quiero llevar conmigo el virus, no quiero introducirlo en mi hogar, en mi familia, no quiero ser la causa de que mis hijos, mis amados hijos, enfermen. Mis vecinos me observan como si fuera un ser extraño. No me saludan como antes. Saben que trabajo en un lugar donde ahorita es un caos. No queda de otra que ser fuerte. Sé que mi Dios me dio este trabajo, sé que estoy en el camino correcto. No fallaré. Me da ánimos tener compañeros que, como yo, se levantan todos los días para cumplir con su labor. Ya estoy en este caos. Voy a echarle ganas. Ayudar a la gente es mi propósito. Ojalá se arreglen pronto las cosas en la clínica. No se vale que nos limiten los cubrebocas, las N95. Ojalá la sociedad responda. La verdad que sí ocupamos donaciones, caretas protectoras, trajes y demás equipo. No se vale que estemos retrasados un mes en el tema del equipamiento. Los pacientes ya están aquí, con nosotros.
5 de abril. Hoy me tocó el piso del que todos huimos. Comparto esta foto porque, la verdad, necesito ánimos. Ustedes que pueden quédense en casa.
8 de abril. Los compañeros de cocina recibieron una donación de caretas. Con gusto compartí las fotos de sus rostros felices y más seguros. Uno de mis contactos no tardó en reaccionar. Trabaja en la cocina de otra clínica. Dijo que allá ni cubrebocas les quieren dar porque los consideran inmortales, aunque se les pegue, la COVID-19 no les hará nada. Luego, ya en serio, lamentó que los traten como si no tuvieran contacto con pacientes y con los enfermeros y doctores que tienen contacto con los enfermos.
12 de abril. Mi compa se la rifó, aunque dudo que su mensaje cale hondo en el ánimo de la población. Transcribo aquí el texto en cuestión: “¿Usted conoce lo que es un C. Diff., una KCP o un ERV? Son algunas bacterias que llegan a ser más letales que la COVID-19. Están en todos los servicios de salud. No las conoce porque no salen de ahí. Nosotros sabemos de virus y bacterias. Sabemos qué hacer y cómo conducirnos para no llevarlas a casa. Si usted nunca ha tenido alguna infección causada por una bacteria intrahospitalaria y si sus enfermedades las ha adquirido por razones como malos hábitos higiénicos, le pido, por favor, no decir que los trabajadores de Salud le van a contagiar el coronavirus.
16 de abril. Hoy cayó otra donación de caretas de protección. Las llevó una asociación civil y fueron repartidas en el departamento de Medicina Familiar. Me da gusto por ese gran equipo de médicos, asistentes, estomatólogos y trabajadores sociales. Además, y esto es algo que se olvida con facilidad, ellos constituyen el primer contacto del paciente con el sistema de salud. Las trabajadoras sociales de Medicina Familiar anduvieron muy contentas posando para la cámara.
17 de abril. Arribó otro donativo empresarial. Media centena de kits para personal de la clínica. Cada paquete traía careta, cubrebocas y líquido desinfectante.
20 de abril. Tocó hincar el diente bien sabroso gracias a la generosidad de unos amables restauranteros. Dijeron que era “Un detallito especial para los Héroes de bata blanca”.
21 de abril. Fase 3 de la contingencia. Ha quedado ampliamente demostrado: abundan los individuos que ignoran el significado de la palabra “cuarentena”. La alternativa es que simplemente les vale. La vida sigue su curso, la enfermedad hace lo propio. No ayuda que mucha gente se haya quedado sin trabajo. Para muchos eso es lo “pior” del mundo. El viejo de Plaza de Armas dijo que prefería morir del virus que de hambre. Aquí veo a muchas personas que acuden en busca de medicina. No han de tener hijos o alguien que vea por ellos. Triste realidad. Y uno aquí, sin poder darse el lujo de quedarse en casa. Ni hablar. Fase 3. A darle con todo.
22 de abril. Curso tras curso sobre la COVID. Considero que ya no tenemos por qué ir. No hacen sino repetir lo mismo que sale a diario en la tele, en el Face, en el Whats. Un compañero se quejó porque lo obligan a tomar la capacitación. Dijo que, como no es médico, no tiene por qué saber de síntomas, medicamentos y dosis. En resumen, el curso ni le agrado ni le sirvió. En cuanto a las medidas preventivas, dijo que ya las conoce y que las ejecuta a conciencia porque tiene familia. Otro camarada opinó que estuvo mejor el curso de la doctora. A ella sí la entendió. En fin. ¿Cómo ven raza? Aquí ya transformado para trabajar. Sólo me faltan los lentes. Se aceptan donaciones.
23 de abril. Una probada multitudinaria del “quiditi in quisi”. Así luce el IMSS atiborrado de gente que acude a solicitar asistencia médica. Son individuos que no tienen tiempo para pensar en el virus. Qué triste es arriesgar la salud por cuidar la salud.
25 de abril. Viernes. Listo para la fiesta con el uniforme obligatorio de la pandemia. Quédate en casa. Nosotros no podemos.
27 de abril. El equipo de mis amores trajo un donativo. Dios bendiga al club. La encargada del reparto estiró la donación lo más que pudo. No todos alcanzaron. Somos muchísimos los compañeros que estamos en contacto con la COVID-19.
29 de abril. Toca zona COVID. Oren por mí, oren para que me quite a la perfección el equipo de protección.
Ese mismo día, más tarde . Se acabó por hoy. Gracias a Dios salimos al cien. Llevo en el rostro las marcas de la batalla. Quédense en casa.
30 de abril. El cielo volvió a manifestarse. Unos ángeles pequeños nos trajeron caretas, batas, N95 y guantes. Por favor, si estás leyendo esto, apoya al personal de salud. Está en guerra y sin armas.
1 de mayo. Una vez más, zona COVID.
Ese mismo día, más tarde. Hoy me tocó trabajar en el área de COVID-19. Me di cuenta de que el paciente está completamente solo. Nadie puede visitarlo, hablar con él, etcétera. Si no supera la enfermedad, no volverá a ver a su familia.
4 de mayo. Yo que trabajo aquí les digo con absoluta seguridad que nadie, absolutamente nadie, quisiera estar de aquel lado de esas puertas (área COVID-19). Cuídense.
6 de mayo. Historias en tiempo de coronavirus. Hoy conocimos a Jaime, un indígena perdido en la situación del coronavirus. No estaba enfermo sino varado en nuestra ciudad. Una compañera se tomó muy a pecho la tarea de hacer algo por él. Le ayudó a llegar a su destino.
7 de mayo. Varios compañeros dieron positivo a la prueba. Los cercos sanitarios ya se alzaron. Se investiga la cadena de contagios. Da tristeza, también coraje. Gracias a todos los que hacen fiestas. Gracias a todos los que dicen que es mentira. Gracias a ustedes hoy tengo miedo por mis hijos, por mi familia. Ya no salgan. La enfermedad es real.
9 de mayo. Una guardia más. Dios, bendice a mis compañeros. Cuídanos de todo.
14 de mayo. ¿Equipo? Listo. ¿Actitud? Positiva. Cuando llevas contigo a Dios no hay mal que pueda derrumbarte. Ahora sí, a cruzar esa puerta.
15 de mayo. Más capacitación COVID-19.
16 de mayo. Gracias por las lonas a los amigos de la Facultad de Derecho y de la Komun.
Ese mismo día, más tarde. No salgan amigos, lo digo en serio. Sería triste que fueran mis próximos pacientes.
18 de mayo. La regidora Peñaloza nos trajo caretas, cubrebocas de tela y desinfectante. Lo que sea de cada quien, anda movida.
20 de mayo. Uno de mis contactos me preguntó si es verdad que en Torreón se ha puesto feo el tema de la COVID-19. Le respondí que todo está muy raro, y es cierto, cada día veo a un montón de gente en la calle, el comercio anda medio reactivado, las personas van por la vía pública sin cubrebocas y las cifras en los medios nacionales y locales no checan con los informes del gobierno.
21 de mayo. Sé lo que se están preguntando y la respuesta es: Sí soy yo. Hay temor (por eso tantas protecciones que me dejan irreconocible), pero no me rajo, puede más el amor al prójimo, tengo todo el necesario para mover una caja con muestras de COVID.
22 de mayo. Voy camino a mi guardia. Me siento optimista.
Ese mismo día, más tarde. Quédense en casa. Para los que han preguntado, aquí va la lista de lo que he comprado para evitar el contagio: lentes protectores, guantes, tapabocas con y sin visera, gorros, overoles, escafandra, gorro cofia, cubremanga desechable, botas, lysol aerosol y lysol de cinco litros, un esterilizador para la N95, alcohol, gel con ozono, caretas. Hagan lo que yo. Todos son sospechosos hasta que no se demuestre lo contrario. La tres reglas de la pandemia son protegerse, protegerse y protegerse.
23 de mayo. Lentes, cubrebocas, bata... COVID. Me siento preocupado. Luego de lidiar un ratito con esta enfermedad no vendrían mal unas caguamas.
Ese mismo día, más tarde. Un contacto me preguntó sobre la situación y la cantidad de contagiados. No atiné sino a mandar como respuesta una imagen de Puro Hueso.
24 de mayo. Una compañera asignada al filtro de Medicina Familiar andaba cabizbaja. Me dijo que en su departamento siguen aplicando las medidas establecidas pero, ya no le dicen a la gente “quédate en casa” porque “cada quien hace lo que quiere”. Sé que es así. “Sigamos cuidándonos”, fue todo lo que atiné a responder.
25 de mayo. Empezamos la semana con la bendición de Dios. Hubo un servicio religioso en la clínica, se desarrolló con su sana distancia.
26 de mayo. Gracias, regidora, por continuar con su campaña de donación de caretas.
27 de mayo. Ahora sí que se la rifó la Peñaloza. Tiene razón. Hasta los bebés deben usar caretas protectoras en tiempos de COVID.
28 de mayo. Por la mañana. Sesión departamental con su sana distancia de por medio. No nos rajamos. Seguimos al pie del cañón. Al mediodía. Gracias a Las Alitas por las deliciosas viandas que nos obsequiaron. Por la tarde. Felicito a mis amigas residentes por su buena vibra. La residencia en tiempos del coronavirus. No se equivocan al afirmar que una guardia más, es una guardia menos.
3 de junio. Me siento motivado. ¿Qué hay por hacer? Echarle todos los kilos. Si el área COVID-19 no se va, yo tampoco.
El mismo día, más tarde. 1 mil 385 casos confirmados y 85 decesos en Coahuila. Aquellos que no creen, se burlan. Muchos que no conocen a nadie que haya tenido esta enfermedad piensan que es una farsa. Para ellos, el coronavirus no existe. Uno de mis contactos me pregunta si es verdad o no que la COVID anda suelta. “¿Tú qué crees?”, le respondo. Y él: “No he conocido a nadie que padezca eso”. Y yo: “Entonces no existe. Para qué discutir”. ¿Volvemos al mismo punto? No. Queda por hacer una última precisión: 1 mil 385 casos, 85 decesos... y contando.
4 de junio. A manera de nota para los que no han preguntado. Ponerse un equipo de protección provoca: heridas en nariz, frente y pómulos; las gafas se empañan y la visión queda limitada; tras horas de uso ininterrumpido la mascarilla hace que retengas carbónico, esto produce horribles jaquecas; sudas mucho y no tienes posibilidad de beber agua durante horas; el cuerpo no transpira y se alcanzan unos 50 grados de temperatura; también acarrea perjuicios psicológicos.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Cirugía en tierra de marchantas


El sector Alianza, en el costado poniente del centro de Torreón, es un sitio ideal para encontrar estilos de vida modestos, gritones de puesto, bajos niveles de formación y una que otra existencia viciada.
Todos los días, no a cualquier hora, en los oídos de la clientela resuenan las voces de rigor: “pásele marchanta”, “llévele, llévele”, “golpe avisa”.
Fachadas decaídas, servicios básicos mermados, humo de camiones y malos olores forman parte de la cotidianidad.
Desde hace décadas, visitantes frecuentes bromean acerca del tamaño de la fauna roedora en ese colorido ecosistema.
Un lamento frecuente denuncia la presencia de facinerosos que, diría Quevedo, introducen el dos de bastos para sacar el as de oros.
Desde la década pasada, el sector ostenta la denominación de punto conflictivo por excelencia en el mapa de la inseguridad torreonense.
No obstante, la Alianza sigue de pie. Dos razones contribuyen a ello: su carácter de zona comercial tradicional y su calidad de punto de encuentro. En ella confluyen, además de vecinos de colonias aledañas, y de ciudades hermanas, habitantes de comunidades rurales que abordan o descienden de varias rutas suburbanas que hacen central allí.
A pesar de la mala fama, el poniente aliancero recompensa el trabajo honrado.
HISTORIA
Egresado de la Facultad de Odontología de la Universidad Autónoma de Coahuila, M encontró en los andadores comerciales que colindan con el Cerro de la Cruz el sitio ideal para ganarse la vida con su instrumental médico. Por modestia y seguridad, pide mantener su nombre fuera de estas líneas. La experiencia, apunta no sin razón, es lo importante.
Torreonense de nacimiento, concluyó los estudios superiores en 1976. Comenzó su devenir profesional en la Sierra de Chihuahua. Allá abrió un consultorio en el municipio de Guachochi. Duró un año en esos afanes.
En agosto de 1978 bajó de las alturas serranas y regresó a la patria chica. Al mes siguiente, inició su residencia en el sector Alianza.
La idea de insertarse en el sistema circulatorio del mercado no fue suya. Un amigo de la escuela inauguró el local, pero como se iba a cumplir servicio social en Cuatro Ciénegas, buscó un cómplice. M aceptó la invitación. Se alternaban el mando de la nave. Una semana para cada quien. Su sociedad no duró. El fundador buscó nuevos horizontes y le vendió a M la mitad del negocio.
A casi 42 años de distancia, la rutina no ha variado. El espejo bucal sale a relucir presto a determinar el curso de acción. Limpiezas dentales, extracciones de piezas, reparar o reemplazar dentaduras, atender la necesidad de placas...
CULTURA
Entre los servicios habituales no hay tarea más difícil que retirar la muela del juicio. Las personas, explica, la dejan pudrirse y sólo piden asistencia médica cuando ya es demasiado tarde para salvarla. En cuanto escuchan la solución a su malestar “lo que menos quieren es que la quites”.
Un día llegó un cliente a solicitar la extracción de un premolar. Estaba muy seguro de que el odontólogo no iba a batallar. “El diente ya está flojo”, dijo. No era así. El juego de la pieza se debía a que se había quebrado; la raíz conservaba toda su solidez.
Como buen profesional sanitario, M lamenta la falta de cultura que le da trabajo. “La población no hace por cuidarse”, opina.
El dolor, no cualquier dolor sino uno fuerte, lleva al afectado a consulta. Dolencias leves alcanzan a producir un “ya se me pasará”. Malestares de consideración, en cambio, preocupan y activan el último recurso.
Conservar las piedras de molino de la boca, dice M con firmeza, debería ser una de las prioridades de todo ser humano.
Una señora llegó con un diente que supuraba. M le preguntó cuánto tiempo llevaba padeciendo aquello. “Un año”, respondió ella. El doctor subrayó la importancia de la dentadura, parte fundamental del buen comer y de la correspondiente nutrición.
“¿Y si mejor no como?”, dijo, de guasa, la mujer.
“Pues no coma”, fue la réplica instantánea.
Perder un molar, un premolar, un colmillo, un incisivo, implica más que un desperfecto estético. Para suplir la baja en la alineación, los otros dientes empiezan a moverse, tratan de ir hacia adelante. A la larga, consiguen crear problemas.
Conservar o no el molino bucal en buena condición depende bastante de la herencia genética.
Algunos niños, afirma, traen los dientes picados, negritos, de origen. Están condenados, debido al alto riesgo cariogénico impreso en su humanidad, a batallar. La sentencia es de por vida.
Los infantes son el grupo que menos se sienta en la silla de M, apenas 10 o 15 de cada 100 pacientes.
¿Cómo evitar las piedras postizas? M recomienda:
a) Reducir el consumo de ácidos, en especial salsas y aderezos que incluyen en sus fórmulas químicos con capacidad para deshacer la parte más dura del cuerpo: el esmalte dental.
b) Ajustar la alimentación a lo que podemos masticar, tarea complicada para un pueblo tan aficionado a los chicharrones. Eso no cambia el hecho de que uno de ellos te puede quebrar el diente.
c) No irse a dormir sin cepillar la dentadura, o si se prefiere, desalojar las bacterias con dentífrico para impedir que trabajen toda la noche en un ambiente propicio, a boca cerrada.
Que la salud bucal sea un tema fundamental no modifica una práctica frecuente de la educación hogareña, padres que dicen a sus hijos pequeños “si te portas mal te llevamos al dentista”.
VIDA
La violencia mató al centro, aseguran comerciantes de céntricas calles de Torreón. El sector Alianza no fue incluido en la esquela. Para comprobarlo, dice M, basta con echar una mirada fuera del local: “Hay gente, nunca ha dejado de haberla”.
Seis personas copan la sala contigua. Todas aguardan por el médico. M considera que están ahí porque ofrece un tratamiento indoloro. Trabaja pensando en no causar dolor físico y cobra lo justo, esto último alivia el bolsillo.
Una conversación ocurrida en la sala contigua confirma la aseveración del doctor. Tres mujeres hablaban sobre la conveniencia de atenderse en la facultad de la que egresó M. “Allá cobran más barato”, decía una luego de relatar la experiencia de algún familiar. El auditorio asentía. Ninguna se movió de su lugar. Todas esperaron.
Al escuchar el eco de esos comentarios, M opina que ponerse en manos de los muchachos (estudiantes) entraña un riesgo. “Ellos lo que hacen son prácticas”, remata.
Enseguida, rememora a compañeros de generación que se graduaron y no tuvieron suerte, o no trabajaron bien, o no le echaron ganas. Cualquiera que fuera el caso, acabaron dedicándose a otra cosa.
En esta profesión, explica, suelen fallar quienes no ven seres humanos metidos en aprietos sino dinero.
Semanas atrás, un individuo solicitó una endodoncia, terapia para salvar dientes enfermos que consiste en limpiar el interior de una pieza afectada, rellenarla y sellarla. La óptica de un colega había planteado la necesidad inexorable del procedimiento. M glosó las características del trabajo y el precio. El consumidor prefirió extirpar la pieza.
VIOLENCIA
Desde su consultorio enclavado en la dinámica del sector aliancero, M atestiguó, casi siempre de oído, eventos cargados de plomo. Nunca cerró. Comparte, con humor, una ocasión en la que no fue a trabajar. Era sábado y no había pendientes en la agenda. Decidió quedarse en el hogar. Al lunes siguiente, vecinos le llevaron una noticia del tipo que no sale en los periódicos. Comisionistas del desorden habían visitado todos los locales de la zona. Cobraron parejo. Los vecinos le preguntaron si alguien le dio el pitazo. M respondió: “Sí, san Judas Tadeo”.
También tiene presente el caso de dos conocidos del sector que fueron levantados. Los confundieron. Uno sobrevivió al error, el otro no.
La Alianza sigue viva, pero bajo estrictas normas de autoprotección. Una del dominio público dicta concluir la jornada y marcharse a casa a las cinco en punto de la tarde.
¿Toque de queda? No oficialmente, más bien, se trata de una recomendación que puesteros, trabajadores, marchantes y profesionistas del poniente aliancero procuran seguir a rajatabla: no andar por ahí después de las diecinueve horas.
LEGADO
Del consultorio salieron las carreras de sus seis hijos. Uno de ellos siguió el mismo camino de la encía anestesiada y los fórceps.
Por el contexto, puede parecer que la consulta de M se especializa en bolsillos de bajos recursos. No es así. También atiende, desde hace décadas en varios casos, a pacientes acomodados.
El tema de la clientela fiel despierta la mención de una familia de Monterreycillo, localidad de Lerdo, Durango.
“A ellos los he atendido toda la vida. Al abuelo, al papá, a los hijos y ahora a nietos y bisnietos”, dice, no sin asombro.
M tiene clara la fórmula: “Si eres derecho, la clientela te respeta, de otro modo, empieza a dudar”.
A veces sucede que un individuo solicita algún producto, deja un anticipo y vuelve meses o años después a recuperar el dinero. El cirujano dentista muestra la placa o la pieza de repuesto manufacturada con el adelanto. “Quien hizo el encargo se molesta porque ya no la quiere”, dice mientras abre un cajón que guarda diversos trabajos pendientes de entrega. “Varios de ellos los tiro, no le sirven a nadie más”, expone.
El trato fácil, cordial y cálido le viene de cuna. Su padre “era muy social”. A esa formación cabe agregar las lecciones de psicología recibidas en la facultad.
La intervención paterna fue definitiva en la singladura de M. A principios de los setenta, indica, el plan era ser ingeniero eléctrico. Estudiaba en el Tecnológico de la Laguna. Buen atleta, se apuntó al equipo de natación de la escuela. En la disciplina de piscina le fue bien. Representó a la institución en juegos intertecnológicos. Sin embargo, el mérito deportivo mermó el rendimiento académico. Las calificaciones naufragaron hasta echarlo del Tec.
Su padre entró al rescate. Aconsejó al vástago, le dijo que aprovechara su habilidad manual, incluso le sugirió la carrera dental.
“Así lo hice, y amo mi profesión”, las palabras brotan desde una sonrisa.
Los conocimientos de ingeniería adquiridos aún le resultan útiles.
“Yo hice toda la instalación eléctrica de aquí”, dice mientras señala los cables que cruzan el consultorio.
La influencia del progenitor todavía norma parte de la rutina en este local con casi 42 años de labor.
“Mi papá ayudaba a todo mundo, a veces hasta pagaba cosas que no le correspondía”, dice, como quien repite una enseñanza de sobra machacada.
El contexto difícil que rodea a la consulta odontológica no impide, acaso hasta motiva, que el hijo incurra en el mismo cálculo solidario. Muchos clientes salen tranquilos, complacidos, incluso felices, porque o han aliviado su dolor pagando una tarifa mínima o bien el cirujano de las dentaduras sólo les ha pedido cubrir el costo de los materiales que resuelven el problema.
Con ejemplos así, no es de extrañar que la Alianza siga viva.

Imagen de Jon Tyson en Unsplash

domingo, 17 de mayo de 2020

La fundación de la dictadura sanitaria en México


Cada vez que un mexicano guarda la sana distancia, usa el tapabocas o sigue alguna de las medidas dispuestas para restar fuerza al impacto de la COVID-19, rinde homenaje a un personaje de la historia patria que fue alcalde torreonense.
José María Rodríguez y Rodríguez, saltillense nacido en 1870 y fallecido en 1946, acumuló diversas denominaciones a lo largo de su vida. Político antirreeleccionista, revolucionario y jefe de los servicios sanitarios de Coahuila, son algunas de ellas.
No obstante, los títulos inscritos en su tumba, ubicada en el Panteón Torreón de la colonia Santiago Ramirez (sur de la ciudad) son el de médico y el de general.
Esas dos profesiones encuentran su síntesis en un concepto que fundó en nuestro país con el fin de impedir la propagación de enfermedades exóticas: la dictadura sanitaria.
CONCEPTO
La dictadura sanitaria o ley del criterio médico establece que a la hora de combatir una epidemia salvaguardar vidas es más importante que las consideraciones políticas y económicas.
Así como hoy se busca reducir el número de diagnósticados con coronavirus y hace una década se tenía un objetivo similar con motivo de la gripe A(H1N1), a finales del siglo XIX y principios del XX regiones del territorio nacional padecieron la fiebre amarilla y la peste bubónica.
La primera, por ejemplo, llegó a Tamaulipas, al puerto de Tampico, de ahí saltó a Ciudad Victoria, y, enseguida, a las entidades vecinas.
En los últimos días de 1916, el militar científico viajó a Querétaro en calidad de diputado. Allí participó en la elaboración de la Constitución mexicana, documento promulgado el 5 de febrero de 1917.
En la quincuagésima sesión ordinaria del Congreso Constituyente, con fecha del 19 de enero de 1917, José María Rodríguez propuso adicionar a la fracción XVI del artítulo 73 bases de actuación ante situaciones de riesgo sanitario:
1a. El Consejo de Salubridad General dependerá directamente del presidente de la República, sin intervención de ninguna Secretaría de Estado y sus disposiciones generales serán de observancia obligatoria en el país.
2a. En caso de epidemias de carácter grave o peligro de invasión al país de enfermedades exóticas, el Departamento de Salubridad tendrá obligación de dictar inmediatamente las medidas preventivas indispensables, a reserva de ser después sancionadas por el Ejecutivo.
3a. La autoridad sanitaria será ejecutiva y sus disposiciones serán obedecidas por las autoridades administrativas del país.
A 103 años de distancia y tras más de 700 reformas al texto constitucional los preceptos planteados por el médico Rodríguez se mantienen prácticamente intocados. La única modificación introdujo a la Secretaría de Salud en sustitución del Departamento de Salubridad.
En su justificación, el saltillense, diputado por el tercer distrito de Coahuila con sede en Torreón (su suplente era Eduardo Guerra), defendió que la autoridad sanitaria debía tener un dominio general a la hora de dictar disposiciones y activarlas porque de otro modo no cumplirían con el propósito de impedir la generalización del contagio. También expuso que el órgano médico debía ser ejecutivo para asegurar que sus decisiones no fueran burladas.
DEBATE
El Diario de Debates de las sesiones queretanas muestra que la propuesta generó voces discordantes. David Pastrana Jaimes, legislador poblano, criticó que al eliminar cualquier traba en la coordinación entre el Consejo de Salubridad (CSG) y el Presidente de la República se daba luz verde a un departamento con “facultades amplísimas” y “más atribuciones que un ministerio” ya que “Ningún ministro dicta primero sus disposiciones y luego va a pedir al presidente su acuerdo”. También señaló que se atropellaba la soberanía de los Estados.
Eliseo Céspedes, de Veracruz, fue otro representante contrario a la creación de un departamento con “exageradas facultades”.
Los comentarios de Pastrana incitaron la siguiente réplica del coahuilense: “¿De qué tierra es este señor diputado? (Voces: ¡De Guerrero; donde no hay médicos! --aunque representaba a Puebla, Pastrana era originario de la entidad guerrerense--) Así me explico que siendo diputado de Guerrero, donde acaso no se conoce la medicina, venga a protestar contra los elementos de salubridad que el Congreso Constituyente quiere llevar hasta los últimos confines de la República”.
Rubén Martí Atalay, congresista por el distrito de Lerma, Estado de México, respaldó la iniciativa y observó que parte de la información provista por José María Rodríguez no había calado hondo en el pleno porque “gran parte de los señores diputados estaba durmiendo y la otra parte leyendo”.
Al final, votaron a favor de la propuesta 143 congresistas. Tres nombres, Zeferino Fajardo, Juan de Dios Palma y Pastrana Jaimes llevaron la contraria.
A la fecha, el aporte de José María Rodríguez al artículo 73 permite a la Presidencia de la República y al CSG llevar la voz de mando cuando un agente nocivo amenaza con reducir enteros de la población de forma intempestiva y drástica.
PROCESO
En la sesión previa, la cuadragésimo novena, efectuada el 18 de enero, el médico Rodríguez ya había avanzado sus intenciones. Ese día hizo un llamado a sus colegas legisladores sobre la necesidad de fomentar cuidados preventivos en toda la República.
Defendió la necesidad de que el gobierno interviniera “aun despóticamente, sobre la higiene del invididuo, particular y colectivamente” porque imponer “reglas de bien vivir no es discutible”.
Habló de la trascendencia económica y social de los padecimientos, de la falta de hábitos higiénicos y de la existencia de males endémicos y epidémicos. Parte de estos últimas, explicó, son las afecciones exóticas, entendidas como aquellas que originan el mayor número de víctimas, de modo paulatino o violento, y que son perfectamente evitables.
“Las enfermedades exóticas epidémicas en un momento dado pueden atacar grandes porciones de la República, interrumpir de modo completo el tráfico y las relaciones interiores de Estado a Estado y las internacionales, cegando pasajeramente todas las fuentes de riqueza y de subsistencia nacional”, dijo en aquella sesión recreando un escenario que, más de un siglo después, se ha configurado de nueva cuenta.
En su alocución incluyó un símil militar. Refirió que en el combate a las enfermedades solamente se habían obtenido resultados cuando “personal directamente organizado y, por decirlo así, municionado, pertrechado y guiado por el Consejo de Salubridad ha sido el encargado de la campaña”.
Según el congresista coahuilense, además de dotar a la razón médica de autoridad ejecutiva era importante impedir que un funcionario o servidor público pudiera oponerse a sus disposiciones, de otro modo las instrucciones emitidas corrían el riesgo de verse disminuidas o modificadas en los vaivenes de la política.
BIOGRAFÍA
Carlos Castañón, director del Archivo Municipal de Torreón, afirma que el décimo cuarto alcalde de la ciudad todavía anda en busca de una buena biografía.
Páginas del gobierno mexicano aportan escasos datos sobre José María Rodríguez. Dejó Saltillo para instalarse en la Ciudad de México, donde ingresó en la Escuela Nacional de Medicina y en el Hospital Militar. Obtuvo el título de médico cirujano en 1895.
En 1904, fundó el Partido Liberal de Coahuila, agrupación precursora del antirreeleccionismo. Fue maderista y carrancista. En 1911, atendió a los heridos de la Toma de Torreón. Abrió el primer sanatorio de la región y fue el primero en practicar cirugía de vientre en ella. En 1913 tomó posesión como presidente municipal. Duró en el cargo dos meses porque, al ser hombre de las confianzas de Venustiano Carranza, éste le condujo a otros derroteros.
En 1914 fue nombrado presidente del Consejo Superior de Salubridad del país (antecedente del CSG). En los años siguientes, obtuvo la calidad de general brigadier y recibió la encomienda de organizar el Cuerpo Médico Militar.
Tras el Congreso Constituyente, se convirtió en el director del Departamento de Salubridad.
En 1920 regresó al norte mexicano. Fue jefe de Servicios Sanitarios Coordinados en Coahuila y en Zacatecas. Años después se hizo cargo de la Unidad Sanitaria de Torreón.
Su espíritu crítico queda de manifiesto en el Diario de Debates antes referido. En una sesión soltó un comparativo que, a un siglo de distancia, con otras palabras si se quiere, es moneda corriente en el país: “No se necesita más que visitar los pueblos de uno y otro lado del Bravo, para ver con desaliento nuestro estado lastimoso de vivir” y “se parte el corazón, señores diputados, al ver la condición infeliz de vivir del mexicano en tierra mexicana, y llama la atención como nuestra misma gente cambia de costumbres nada más al pasar la frontera americana”.
También sabía usar la tribuna para atacar. En el siguiente ejemplo, se lanzó contra un antimaderista que había fallecido en 1913: Bernardo Reyes.
A la hora de justificar su iniciativa de adiciones al artículo 73, el médico Rodríguez contó que, desoyendo el consejo de las autoridades sanitarias, el general Reyes, gobernador de Nuevo León, se opuso a que dejara de funcionar el ferrocarril del Golfo que conectaba a Monterrey con Tampico. Eso ocasionó, dijo el doctor, que la fiebre amarilla invadiera la ciudad regia (finales del siglo XIX), y causara 1 mil 700 muertes en apenas 60 días, cifra que no incluía a las víctimas de pueblos adyacentes.
En publicaciones hechas en medios de la UNAM y de la Universidad Metropolitana de Monterrey, Ignacio Solares, escritor y periodista, y María del Rosario Pérez Gauna, investigadora de la UMM, aseguran que el general Reyes solicitó al gobierno federal cerrar el paso ferroviario para evitar la propagación del mal, pero su petición fue rechazada. Ambos señalan que la epidemia cobró 125 vidas.
CERCANÍA
La historia del personaje coahuilense cuya trascendencia mantiene al país bajo rigurosa vigilancia epidemiológica está bastante cerca.
El médico y general, comenta Carlos Castañón, vivió en el 112 de la calle Juan Antonio de la Fuente, contraesquina del Monte de Piedad, en el centro de la ciudad.
También recuerda que una frase célebre del científico militar, “La dictadura sanitaria es la única dictadura admisible”, tiene un sitio de honor en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón.
José Álvarez, diputado constituyente de Uruapan, fue más amable que el saltillense al exponer la necesidad del mandato despótico en materia de salud. Durante la discusión de la iniciativa del doctor Rodríguez dijo que votaría a favor porque “si las leyes de Moisés se escribieron en dos piedras, la Constitución mexicana debe estar escrita en dos tablas de jabón”.
En cualquier caso, José María Rodríguez, que descansa en camposanto local y no en su gaveta de congresista constitucional dispuesta en la capital del país, sentó las bases de la emergencia sanitaria en México. Suya fue la visión para armar al pueblo con hábitos higiénicos y tapabocas cada que un extraño enemigo osara internarse en suelo patrio.



jueves, 30 de abril de 2020

Escribiente del camposanto



El Panteón Municipal Número 1, noroeste de Torreón, tiene dos accesos oficiales.
Su entrada principal, sobre la calle 20 de Noviembre, está adornada con un dato: “Fundado en 1906”.
Frente a la puerta lateral, por la avenida Constitución, encuentras la Marmolera García.
Allí trabaja Alejandro. A sus 22 años de edad ya reúne más de una década de experiencia en el oficio.
De su padre, hombre que acumuló más de 30 años de contacto con la roca, aprendió a mezclar el cemento, a moldear el mármol y el granito.
Alejandro estudió hasta secundaria. Por un tiempo, intentó ganarse la vida en otro punto eminente del poniente torreonense: el Mercado Alianza. En los puestos no halló la prosperidad deseada. Volvió al redil. Reanudó el trato con la piedra.
“Es lo que nos enseñaron desde niños”, dice. El compañero que atestigua la conversación, otro joven, asiente.
Los dos dominan con suficiencia los instrumentos, desde la pulidora hasta el cincel. El polvo forma parte de la rutina. Las flotantes partículas obligan a usar mascarilla.
Agotan buena parte de la jornada en hacer lápidas. Otro artículo con demanda son las placas para gaveta de cementerio. Algunos clientes piden dar forma a lavaderos y fregaderos.
Ver a estos jóvenes en la faena permite escuchar con claridad la sentencia de Omar Khayyam: “Un día un ladrillero amasará tus cenizas y las mías”.
PAISAJE
A espaldas del taller, al sur, el Cerro de la Cruz se alza con la tranquilidad de una mole alicaída; al oeste, las vías del tren se asemejan a los puntos de sutura de una tierra herida; al oriente, qué lejos queda el bullicio de los martes de fayuca en La Rosita.
Varios productos de la marmolera sólo cruzan la avenida para llegar a destino. Por aquello de la aguja en el pajar, identificarlos entre ese dédalo de cruces y santos exige la asistencia de los creadores.
Piezas tallereadas por Alejandro y compañía forman parte del paisaje permanente en el Panteón Municipal Número 2. Otras viajan hasta instalarse en camposantos de poblados cercanos: Matamoros, San Pedro, Viesca.
Los buenos oficios de estos jóvenes, y de sus mentores, les han valido encargos foráneos. Han enviado lápidas hasta poblados al norte del Estado de Durango. Desde esas lejanas tierras, recuerda el marmolero de segunda generación, una vez pidieron siete losas con inscripción.
IMÁGENES
“Me gusta lo que hago, es lo que me enseñaron”, afirma y enseguida matiza, “haces lo que te da para vivir”.
En realidad, comenta, no reflexiona mucho acerca de su labor. “Nos abocamos al trabajo, a hacer las cosas al gusto de los clientes”, dice.
Quehacer no falta. Aunque lleguen dolientes con pedidos urgentes, las lápidas no son tortillas. Concluir cada una les toma una semana y así, una a una, van saliendo a cumplir con su función como techos de sepulcro.
La pieza económica cuesta 5 mil pesos. Fuera de los límites que abarca esa tarifa, el precio depende de las particularidades planteadas por el cliente.
Hay quienes hasta en la muerte buscan distinguir el eco de sangre al que responden. Piden productos que permitan diferenciar fácilmente a sus difuntos en el laberinto. Por estos días está de moda la losa color café. No falta quien se incline por el gris o el negro.
Trabajos frecuentes con alto grado de laboriosidad, explica, reúnen banco, cuña, placa, un dado, una base, dos columnas, el motivo central, por lo general una imagen religiosa, todo coronado con hasta tres herraduras, además de la jardinera y los jarrones.
Las imágenes más solicitadas por los deudos son la Virgen de Guadalupe, san Judas, la Virgen de San Juan, Cristo.
Otra parte del oficio de Alejandro consiste en hacer de escribiente.
LETRAS
Uno de los epitafios más famosos de la historia ni siquiera existe. Es el que está inscrito, se dice erróneamente, en la tumba del comediante Groucho Marx: “Perdonen que no me levante”.
Tener a mano las sentencias de Omar, el sabio persa, cambia la forma de mirar ciertos oficios: “Alfarero, si eres perspicaz, ¡guárdate de maltratar la arcilla con que fue amasado Adán!”, o “Amasa la tierra con cuidado: acaso el terrón que vas a aplastar fue antaño el ojo lánguido de un adolescente”.
Entre las tareas de Alejandro y su compañero figura una que realizan con mucho tacto y estricto apego al guión establecido: inscribir leyendas en las losas.
Cada letra sale en cinco pesos. Utilizan plantillas. Adaptan el texto a las medidas convenientes. Escriben con cincel.
Grabar nombre, fechas y epitafio les toma, en promedio, tres horas. Algunos textos reclaman más tiempo, otros menos, eso depende de la extensión del mensaje.
Casi siempre les piden imprimir oraciones que acompañen a cada identidad perdida.
LITERATURA
La literatura del camposanto posee lugares comunes, ideas muy correctas y muestras de originalidad con mejor o peor fortuna.
El panteón del poniente exhibe abundante evidencia a ese respecto.
Las líneas clásicas se agotan en unas cuantas palabras: “Recuerdo de tu esposa, madre e hijos”, por ejemplo.
Algunos entendimientos desarrollan un poco más y acuñan algo como “Madre: Este dolor callado que llevamos en el corazón vivirá hasta el día en que volvamos a estar juntos y al lado de Dios. Nunca te olvidaremos”.
A veces, el trámite se zanja mediante el método de la cita bíblica: “Dios, tú que me has hecho ver muchas angustias y aflicciones, me volverás a dar vida, y me levantarás de nuevo de las profundidades de la Tierra. Salmos 71:20”.
En el extremo de la expresión agraciada, se destaca un acróstico un tanto lastimado por el vocablo inicial: Gallardura siempre mostraste / Admirable fue tu bondad / Lo más hermoso que dejaste / Lindos hijos para amar / Oh Señor, en tu gloria está.
El dolor inscrito en las palabras adquiere un tono distinto cuando se invierten los papeles y son los padres quienes despiden a sus hijos.
Una inscripción elemental y agridulce reza: “Aquí descansa el más pequeño de mis hijos”.
Hubo quien registró una larga evocación con final inesperado, no tanto por la idea, sino por el idioma elegido para el remate: “Cuando Jesús vino al mundo nació una estrella. Cuando tú viniste al mundo también nació una estrella y esa estrella se convirtió en un ángel de Dios. Lux Dei Lux Parentum Lux Fratum Tuorum”.
En este libro coral, algunas erratas yacen sublimadas por la carga emocional: “Madre, te fuistes pero quedaste en el corazón de tus hijos”.
COPLAS
Un alfarero sentado delante de su torno. Modelaba las asas y los flancos de sus jarros. Amasaba cráneos de sultanes y manos de mendigo.
Fatigar parte de la jornada en el taller de la colonia Aquiles Serdán te acerca a los Rubaiyat.
Los jóvenes de este negocio no son los únicos marmoleros del sector. A la vuelta del panteón, frente a la puerta principal, hay competencia. En ese local declinaron hacer comentarios.
A lo largo y a lo ancho del poniente, no sólo en el cementerio, abundan las cruces. Dos preguntas generan respuestas de las que invitan a guardar silencio. Ciertos temas empañan la mirada.
Acerca de su futuro, peca de honesto. No se ha casado con este oficio. Es joven, no tiene esposa ni hijos. Le gusta trabajar, en fin, ¿quién sabe lo que pasará?
Si bien el camino guarda sorpresas, el final ya está escrito. “Un día tu alma caerá de tu cuerpo, y serás empujado tras el velo que flota entre el universo y lo incognoscible”, la sentencia es de Omar, como ésta otra: “Sueño sobre la tierra. Sueño bajo la tierra. Sobre la tierra y debajo de la tierra, cuerpos tendidos. La nada por todas partes”.
Esa nada duele. Para darse cuenta de ello, basta con adentrarse nuevamente en el dédalo de propósitos extintos y afectos abolidos. Por la puerta principal llega, arrastrando una larga cola de deudos, un nuevo inquilino, otro difunto cuya efímera existencia será resumida con la fórmula nombre-fechas-mensaje.
Unos metros más allá de la puerta lateral, el cincel de Alejandro entona con fuerza una canción indescifrable, acaso sea una cita de la Biblia, un lamento digno, un pequeño poema...

Para echar un ojo a los productos de Marmolería García ingrese en la siguiente dirección de Facebook: https://www.facebook.com/MARMOLERIA-GARCIA-556655467771495/

domingo, 26 de abril de 2020

La última tecla en el reloj de tinta



Vidas ligadas a la tinta quedan al descubierto al indagar en el local 98 del Mercado Juárez de Torreón.
Lo primero que salta a la vista es la venerable carta de presentación, la Olympia Sg-3. Uno se pregunta cuándo fue la última vez que vio ejemplar tan férreo al alcance de la mano.
Detrás de la máquina de escribir, o al mando, como prefiera verse, aguarda Hermelinda Ávila Pérez.
Licenciada en Economía por la Universidad Autónoma de Coahuila -egresó a finales de la década de los setenta-, Hermelinda desarrolló buena parte de su labor profesional como empleada en la Secretaría de Agricultura federal.
Con el nuevo siglo, heredó un negocio de modestas proporciones y largo prestigio: el escritorio público inaugurado hace más de seis décadas por Guadalupe Pérez Codina, su madre.
La fundadora sigue presente en la cotidianidad del local. En la pared lateral, a escasos centímetros de la cabeza de la heredera, la foto de Guadalupe observa con satisfacción los teclazos de la hija. Desde esa altura, atestigua un diálogo que gira en torno a ella.
“Mi madre estudió taquimecanografía, puso su negocio y se mantuvo en él hasta los ochenta años de edad”, recuerda.
¿Por qué no se retiraba? Porque le gustaba. Hermelinda le pedía que ya dejara la tecla en paz. Cesó la insistencia tras escuchar el mismo consejo proveniente de familiares y amigos: “Déjala, ella dirá <<hasta aquí>> en algún momento”, y así ocurrió.
Un año después de separarse del papel y la tinta, Guadalupe falleció.
Explicar el apego de la madre por la Olympia Sg-3 y sus antecesoras sería como examinar una a una las ramas de un árbol frutal.
Un botón de muestra, una rama gruesa y fértil, se destaca. Del dócil teclado salió, cuenta la economista, para las carreras de ella y de cuatro hermanos, todos maestros. La sexta hermana no quiso estudiar. La madre ofreció pagarle el estudio, pero la sexta hija no quiso.
“En la vida hay que ser luchones”, dice Hermelinda. Tras cerrar la frase, alza la vista. No busca el cielo. Observa a la fundadora, cuyo gesto atrapado en blanco y negro parece aprobar esa forma de pensar, y de vivir.
RUTINA
La heredera se define como una mecanógrafa “lírica”, hecha de experiencia.
Desde niña frecuentaba el escritorio. Ya en la adolescencia ayudaba a mamá con los diversos encargos que ésta aceptaba.
En las primeras décadas del negocio, el horario laboral abarcaba de nueve a dos, en el turno matutino, y de cuatro a siete, en el vespertino, de lunes y sábado.
La rutina resulta un buen indicador para ilustrar cuánto ha disminuido la actividad en el local 98. Hoy día, ya no amerita una jornada de oficina.
Hermelinda asiste de ocho de la mañana a tres de la tarde, más que nada para desquitar el gasto en luz, agua, Internet.
¿Qué sucedió? Las computadoras dieron una buena mordida al negocio.
Antes, recuerda, solían recibir manuscritos gruesos que su madre convertía en tesis mecanografiadas.
Había mucha demanda. A la clientela urbana se sumaba la proveniente de comunidades cercanas.
Al escritorio de Guadalupe concurrían, por ejemplo, comisariados ejidales. Ella y su hija tecleaban montones de documentos, como acuerdos de asamblea o contratos de cesión de derechos de tierras También acudían jueces con actas de nacimiento con huecos por llenar.
El arribo de los formatos digitales acabó con otra parte del negocio: la elaboración de facturas y recibos.
VIGENTE
La heredera está de acuerdo con una máxima del comercio: negocio que no deja no es negocio.
El escritorio, aún con la competencia de los cafés internet, sale adelante.
Pintores, fumigadores, carpinteros y clientes de toda la vida se mantienen fieles. Piden mecanografiar presupuestos y cotizaciones.
Machotes de contratos de arrendamiento o de venta de carros y pagarés transitan por el rodillo.
Un servicio que persiste, aunque cada vez más con el aspecto de rara avis, consiste en escribir cartas de amor.
Su madre era mucho mejor para ese tipo de encargos. Tenía en cuenta los deseos de los clientes y, sin costo extra, le ponía de su cosecha.
“Hay un señor que todavía viene a que le pase a máquina sus canciones”, dice Hermelinda.
Los trabajos escolares son otra fuente de ingresos que permanece, aunque disminuida.
Antes solían entrar al local muchos educandos. Las secretarias públicas tecleaban resúmenes o copiaban partes de libros, “de tal página a tal página”, para ellos.
El escritorio no acepta todo género de tareas. Luego llegan estudiantes de taquimecanografía que le encargan ejercicios escolares.
Ella los rechaza porque “a quien van a calificar (los maestros) es a ellos, no a mí”.
Un día, cuenta entre risas, llegó un joven que le pidió redactar una palabra en inglés. Él iba a pronunciarla y ella debía mecanografiarla tal cual. El vocablo era “folclórico”.
A finales de la década pasada, Hermelinda reconoció que debía ofrecer a los clientes la alternativa moderna. Incorporó al mobiliario una computadora.
FUTURO
Como Vicente Fernández, mientras la gente siga aplaudiendo, ella seguirá tecleando. Los abogados no han dejado de darle trabajo.
Aún emplea la palanca de retorno en demandas, laborales o mercantiles, y para hilvanar listas.
Un señor invidente recibe la distinción de ser llamado “cliente asiduo”.
“Viene desde hace mucho tiempo”, dice la mecanógrafa lírica y enseguida acota que el personaje en cuestión fue infiel por un rato. Se iba al otro escritorio público que existe el mercado, uno que también ofrece servicios de costura. El de Hermelinda es el único que se dedica al cien por ciento a estampar acero entintado sobre papel.
“Ya volvió, pero sí se salió del carril un rato”, comenta con dignidad profesional.
“No sé de más colegas, no creo que queden”, señala, sin nostalgia.
El único tema que merma la solidez de su semblante es el de los repuestos y las descomposturas.
Dice que cuida con esmero la salud de su herramienta de trabajo porque el señor que la arreglaba ya falleció.
Por estos días, Hermelinda batalla para escribir una minúscula. Sabe que debe mimar a esa tecla.
Posee otra máquina, pero su equipo es la Sg-3, ya acumulan tres décadas formando un tándem eficiente. En la carcasa de la compañera de mil batallas pueden apreciarse las cicatrices, el desgaste, las máculas del trabajo ininterrumpido.
Hace poco, un señor le ofreció una igualita en 3 mil pesos. Se le hizo cara, precio de antigüedad.
Al local luego entran vendedores con una Olympia, la Sg-3 u otro modelo, bajo el brazo, o con un equipo de la competencia, una tal Olivetti. Las venden en 600 pesos, insisten. Ante la negativa de Hermelinda, se bajan a los 500 pesos. Ella, de momento, no está interesada.
Pasa problemas para encontrar una de sus principales materias primas: la cinta. Tener un listón bicolor de reserva no la tranquiliza, está a la expectativa por si salta la liebre, alguien que le venda unas cuatro o cinco.
Antes, en los años de horario extendido, gastaba cuatro cintas en dos meses. Hoy, una cinta le dura mes y medio.
Un aliado extinto de forma irreparable es el papel corrector Kores Radex. Fue descontinuado hace varios años.
El papel no causa problemas. Un paquete anda en los 100 pesos. No obstante, este material da lugar a peticiones curiosas. Hay personas que buscan hoja con el paso del tiempo impreso en su textura, hoja vieja, amarillenta de ser posible. Si Hermelinda tuviera, le iría mejor.
TRADICIÓN
Hay adversidad, menos chamba, una desaparición gradual de la clientela. Sin embargo, la hija de Guadalupe se mantiene firme. La actividad en el local 98 no principia ni se agota en su carácter de negocio. A Hermelinda le importa, y mucho, el vínculo familiar.
Dará continuidad a su herencia hasta donde pueda, porque cuando imprima fuerza por última vez sobre una letra, ese será también, así lo prevé, el último instante de vida del escritorio público.
Una hermana, maestra de profesión, acude de vez en cuando. No se le ven ánimos de pasar allí los días.
“Este negocio es mío”, dice la mecanógrafa lírica y zanja la cuestión.
En su determinación influye el recuerdo de mamá. Guadalupe le pedía a la economista que siguiera con el escritorio.
“Su vida fue ésta”, explica mientras extiende sus brazos alrededor de la máquina.
Mientras la arena del reloj se agota, la heredera tiene clara su misión. “Conservo el mismo gusto, la
misma actitud de servicio, el mismo deseo de ayudar a la gente”, comparte cuando se le pregunta si no ha pensado en bajar la cortina.
Mecanografiar una hoja tamaño carta sale entre 10 y 15 pesos dependiendo de la extensión del texto. Aumenta la tarifa a 25 o 30 pesos si el documento exige dimensiones oficio.
La Olympia que hace unos años devoraba tesis hoy día se alimenta con encargos de siete hojas cuando mucho.
Hermelinda confirma que todavía recurren a ella personas analfabetas. Aunque los clientes no lo digan abiertamente, ella los reconoce.
“Me dicen que quieren tal cosa por escrito, luego, me piden que lea el texto una y otra vez, hasta estar completamente seguros de que dice lo que ellos piden”, comparte.
La cuestión queda clara cuando le toca ver al cliente depositar la huella digital y firmar con una X sobre la línea donde le indican que dice su nombre.
En este escritorio de ocasión, las palabras, por muy aladas que sean, llegan, son estampadas y se van. Así ha sido desde hace más de seis décadas. Hermelinda no conserva sino unas cuantas muestras de su trabajo, presupuestos, cotizaciones, ni un sólo poema, ni una canción, ni una carta. No hizo copia al carbón de ningún pensamiento, verso o línea magistral. Las palabras llegan, son estampadas. Las teclas, como granos de arena, caen al fondo de este reloj de tinta. Una vez que se acaben los teclazos, ninguna mano pondrá en marcha de nuevo tan entrañable mecanismo.

Foto de Markus Winkler en Unsplash

jueves, 23 de abril de 2020

El ciclo artúrico de la literatura barata


En un tiempo no tan lejano, el culto a la historieta rifaba. La lectura fácil circulaba de mano en mano como gusto compartido, como signo de pertenencia a un círculo lector muy extendido.
Revistas Arturo, negocio con 58 años fijo en el 262 de la calle Ramos Arizpe, en el centro de Torreón, fundó su prestigio sobre ese cimiento a veces pícaro, a veces candente, siempre ilustrado.
El destino quiso que este templo de la lectura ligera naciera de las ruinas de otra empresa.
Arturo Frayre Ibarra, fundador del quiosco, llegó a Torreón, proveniente de Carrillo Puerto, Durango, con la intención de echar raíces y vivir bien. Logró ambas cosas.
Antes de que comenzara su idilio con la publicación económica se ganaba el sustento cobrando las cuentas de una mueblería. Andar de casa en casa le abrió las puertas del matrimonio cuando conoció a Guadalupe Murguía Márquez.
El establecimiento mueblero quebró y no le dejó otra indemnización que las boletas de cobranza.
Para curar su desempleo, atendió a las palabras de la abuela de Guadalupe. La experimentada mujer le recomendó vender palabra impresa, ella tenía un quiosco a la vuelta de la Ramos Arizpe, sobre la avenida Juárez, frente a lo que era en ese entonces el Hotel Washington.
De puerta en puerta, Arturo reunió su liquidación. Con el dinero arrendó un par de habitaciones y adquirió mercancía. Decidido a prosperar, instaló futbolitos de feria.
Los primeros días, el comercio caminaba, pero no corría. Varios conocidos plantearon la misma solución al problema motriz: conseguir mejor precio a la hora de surtir.
“Vete a la Ciudad de México”, decían.
Frayre Ibarra compró un boleto de tren. En la capital gastó más allá del presupuesto autorizado. Volvió al vagón con tres cajas de contento y una dosis de preocupación, no completaba el pasaje hasta Torreón, si acaso hasta Zacatecas y nada más. La providencia se disfrazó de boletero, ese personaje le permitió quedarse a bordo.
Con las tripas de aquellas tres cajas decorando los anaqueles, el negocio aprendió a correr.
EN ESOS DÍAS
Las letras de ocasión siguieron viniendo en caja, pero de tráiler. Arturo hizo un arreglo con la empresa de fletes. El chofer llegaba directo a la bodega de los Frayre. Pedían prestados los brazos de los vecinos para dar trámite a siete toneladas de labor. Todos funcionaban como una fila de hormiguitas. Al final, el patrón repartía pa´l refresco y un taquito.
En aquellos días, no había central de camiones en la ciudad. Los viajeros descendían o hacían escala en las oficinas de las líneas ubicadas sobre el bulevar Revolución, en el límite sur de la zona Centro.
Muchachos del Cerro de la Cruz, de La Rosita, de la Martínez Adame, conectaron los puntos y elucidaron una manera de forrarse.
Arturo les dio precio: tres ejemplares a cambio de un peso con cincuenta centavos.
Los jóvenes subían a los autobuses. Pasajeros lectores entregaban diez pesos y se quedaban con tres relatos.
Algunos informales de la literatura rápida ya eran esposos y/o padres de familia. Otros, que todavía no se independizaban, si bien contribuían al sostén de la casa, reservaban parte del ingreso para obsequiarse un pantalón, una camisa, unos tenis.
A finales de los ochenta, la construcción de la Central Camionera acabó con esa fuente de ingresos. La administración de la terminal prohibió el acceso a vendedores.
PERMANENCIA
Aunque fue un duro golpe, la mudanza del pasaje foráneo al oriente no tumbó a Revistas Arturo. El corte de los noventa arrojó buenas cuentas. Correspondió a la primera década del nuevo milenio mandar a la lona a los primeros cuadros de la ciudad.
El centro, considera Arturo Frayre Murguía, heredero del fundador de este ciclo artúrico, murió de violencia. La inseguridad redujo el electrocardiograma del sector a ínfimas pulsaciones.
En el caso particular de su establecimiento, al contexto de nota roja hubo que sumar la masificación de la competencia inalámbrica. La vorágine tecnológica se comió el mercado del entretenimiento de ocasión.
A muchos clientes que aún frecuentan el local, Arturo hijo, ya con 60 años en el morral de la edad, los conoce de toda la vida, “desde que éramos niños”. Ahora vienen, dice, los nietos de la clientela original.
De cuando en cuando llega un visitante y pregunta por el fundador. Desde hace ocho años, el heredero les da la misma mala nueva.
También aparecen antiguos conocidos que piden ser mirados con los ojos de lejanos días. Él dice que sí, sí los recuerda, cómo no. Miente porque el olvido lastima.
Acerca de por qué siguió los pasos del progenitor, dice que la escuela no le gustó tanto como el comercio.
A su decisión contribuyeron las experiencias de amigos y conocidos. Arturo hijo los vio estudiar carreras, no ejercer y fatigar las jornadas en otros empleos, chofer de taxi, por ejemplo.
El templo de la literatura de ocasión recompensó tanta devoción. De la tinta y el papel salió la universidad de sus vástagos. Una estudió para trabajadora social, otro es veterinario, al tercero le gustó la ingeniería civil, uno más, no quiso ningún título.
Con el agradecimiento al público lector por delante, Revistas Arturo se mantiene fiel a su razón de ser: allí la gente compra, vende o cambia revista.
Los anaqueles expresan, en las pocas palabras disponibles, la merma sufrida.
Un cliente interrumpe el diálogo. Carga media docena de relatos. No hay necesidad de hablar. Arturo hijo rescata del fondo del mostrador la misma cantidad de historietas. 12 pesos consuman el cambalache.
El quiosco nunca ha sido propiedad de la familia Frayre. Mes a mes, el continuador del ciclo paga la renta. De la identidad del actual dueño del inmueble, no hay seña disponible.
EJEMPLARES
La historieta rifaba.
Ah, cómo se vendían dos seriales llamados Denuncia y Delito.
Y cómo pedían las aventuras impresas de Capulina y de Hermelinda Linda.
Otros favoritos del público respondían a los nombres de Así Soy...! y Qué? y Yo Acuso.
Series como Joyas de la Literatura conseguían proezas como resumir la Comedia de Dante a 80 páginas de globos de diálogos y descripciones ilustradas.
Arturo hijo tiene bien identificados los grupos que persisten en la compra de material impreso.
Los educandos solicitan revista científica. Mujeres de cierta edad mercan combustible para las vanidades. Adultos jóvenes invierten en impresos porno con alta calidad gráfica. Varones ya curtidos fatigan Historias Calientes, relatos que desentrañan Secretos de Cama o desnudan Almas Perversas.
Las páginas del sello Harlequín son muy solicitadas. Que en Internet circulen versiones eletrónicas de sus románticas historias no borra el gusto por el impreso.
Revistas de manualidades, de cocina y para la salud de los hombres son especies que, en días recientes, se han entregado a la extinción.
Arturo hijo aún viaja a la Ciudad de México a conseguir material. Sin embargo, la historieta ya cedió la primacía a los crucigramas, las sopas de letras y, de un tiempo acá, los sudokus.
EJEMPLO
El heredero continuará la saga hasta donde pueda. Para explicar su resolución de cara al futuro, vuelve al pasado.
A los 79 años de edad, el fundador del ciclo artúrico se resistía a abandonar la rutina del 262 de la Ramos Arizpe.
Una noche, pesadas viandas descompusieron su organismo. Lo llevaron a Urgencias. El médico prescribió un mes de reposo.
El casi octogenario aceptó la condena de mala gana.
Su hijo no sólo recuerda, escucha al progenitor, dice que ya está bien, que quiere ir al negocio.
Un miércoles, a escasos tres días de fatigar el plazo, el padre fue especialmente insistente. Su primogénito consiguió calmarlo. “Ya falta poco”, le dijo.
La madrugada del jueves, Arturo Frayre Ibarra falleció.
El antecedente no sólo impresiona, suena a premonición.
Junto al mostrador, hay una foto del fundador. Arturo hijo, monarca de la lectura económica, la toma en sus manos, sonríe. Posa rodeado de sus nobles historietas. Se echan de menos las más sensacionales, aquellas que celebraban proezas y entuertos de chafiretes, traileros, luchadores.