Vidas ligadas a la
tinta quedan al descubierto al indagar en el local 98 del Mercado
Juárez de Torreón.
Lo primero que salta a la
vista es la venerable carta de presentación, la Olympia Sg-3. Uno se
pregunta cuándo fue la última vez que vio ejemplar tan férreo al
alcance de la mano.
Detrás de la máquina de
escribir, o al mando, como prefiera verse, aguarda Hermelinda Ávila
Pérez.
Licenciada en Economía
por la Universidad Autónoma de Coahuila -egresó a finales de la
década de los setenta-, Hermelinda desarrolló buena parte de su
labor profesional como empleada en la Secretaría de Agricultura
federal.
Con el nuevo siglo,
heredó un negocio de modestas proporciones y largo prestigio: el
escritorio público inaugurado hace más de seis décadas por
Guadalupe Pérez Codina, su madre.
La fundadora sigue
presente en la cotidianidad del local. En la pared lateral, a escasos
centímetros de la cabeza de la heredera, la foto de Guadalupe
observa con satisfacción los teclazos de la hija. Desde esa altura,
atestigua un diálogo que gira en torno a ella.
“Mi madre estudió
taquimecanografía, puso su negocio y se mantuvo en él hasta los
ochenta años de edad”, recuerda.
¿Por qué no se
retiraba? Porque le gustaba. Hermelinda le pedía que ya dejara la
tecla en paz. Cesó la insistencia tras escuchar el mismo consejo
proveniente de familiares y amigos: “Déjala, ella dirá <<hasta
aquí>> en algún momento”, y así ocurrió.
Un año después de
separarse del papel y la tinta, Guadalupe falleció.
Explicar el apego de la
madre por la Olympia Sg-3 y sus antecesoras sería como examinar
una a una las ramas de un árbol frutal.
Un botón de muestra, una
rama gruesa y fértil, se destaca. Del dócil teclado salió, cuenta
la economista, para las carreras de ella y de cuatro hermanos, todos
maestros. La sexta hermana no quiso estudiar. La madre ofreció
pagarle el estudio, pero la sexta hija no quiso.
“En la vida hay que ser
luchones”, dice Hermelinda. Tras cerrar la frase, alza la vista. No
busca el cielo. Observa a la fundadora, cuyo gesto atrapado en blanco
y negro parece aprobar esa forma de pensar, y de vivir.
RUTINA
La heredera se define
como una mecanógrafa “lírica”, hecha de experiencia.
Desde niña frecuentaba
el escritorio. Ya en la adolescencia ayudaba a mamá con los
diversos encargos que ésta aceptaba.
En las primeras décadas
del negocio, el horario laboral abarcaba de nueve a dos, en el turno matutino, y de cuatro a siete, en el vespertino, de lunes y
sábado.
La rutina resulta un buen
indicador para ilustrar cuánto ha disminuido la actividad en el
local 98. Hoy día, ya no amerita una jornada de oficina.
Hermelinda asiste de ocho
de la mañana a tres de la tarde, más que nada para desquitar el
gasto en luz, agua, Internet.
¿Qué sucedió? Las
computadoras dieron una buena mordida al negocio.
Antes, recuerda, solían
recibir manuscritos gruesos que su madre convertía en tesis
mecanografiadas.
Había mucha demanda. A
la clientela urbana se sumaba la proveniente de comunidades cercanas.
Al escritorio de
Guadalupe concurrían, por ejemplo, comisariados ejidales. Ella y su
hija tecleaban montones de documentos, como acuerdos de asamblea o
contratos de cesión de derechos de tierras También acudían jueces
con actas de nacimiento con huecos por llenar.
El arribo de los formatos
digitales acabó con otra parte del negocio: la elaboración de
facturas y recibos.
VIGENTE
La heredera está de
acuerdo con una máxima del comercio: negocio que no deja no es
negocio.
El escritorio, aún con
la competencia de los cafés internet, sale adelante.
Pintores, fumigadores,
carpinteros y clientes de toda la vida se mantienen fieles. Piden
mecanografiar presupuestos y cotizaciones.
Machotes de contratos de
arrendamiento o de venta de carros y pagarés transitan por el
rodillo.
Un servicio que persiste,
aunque cada vez más con el aspecto de rara avis, consiste en
escribir cartas de amor.
Su madre era mucho mejor
para ese tipo de encargos. Tenía en cuenta los deseos de los
clientes y, sin costo extra, le ponía de su cosecha.
“Hay un señor que
todavía viene a que le pase a máquina sus canciones”, dice
Hermelinda.
Los trabajos escolares
son otra fuente de ingresos que permanece, aunque disminuida.
Antes solían entrar al
local muchos educandos. Las secretarias públicas tecleaban resúmenes o copiaban partes de
libros, “de tal página a tal página”, para ellos.
El escritorio no acepta todo
género de tareas. Luego llegan estudiantes de
taquimecanografía que le encargan ejercicios escolares.
Ella los rechaza porque
“a quien van a calificar (los maestros) es a ellos, no a mí”.
Un día, cuenta entre
risas, llegó un joven que le pidió redactar una palabra en inglés.
Él iba a pronunciarla y ella debía mecanografiarla tal cual. El
vocablo era “folclórico”.
A finales de la década
pasada, Hermelinda reconoció que debía ofrecer a los clientes la
alternativa moderna. Incorporó al mobiliario una computadora.
FUTURO
Como Vicente Fernández,
mientras la gente siga aplaudiendo, ella seguirá tecleando. Los
abogados no han dejado de darle trabajo.
Aún emplea la palanca de
retorno en demandas, laborales o mercantiles, y para hilvanar listas.
Un señor invidente
recibe la distinción de ser llamado “cliente asiduo”.
“Viene desde hace mucho
tiempo”, dice la mecanógrafa lírica y enseguida acota que el
personaje en cuestión fue infiel por un rato. Se iba al otro
escritorio público que existe el mercado, uno que también ofrece
servicios de costura. El de Hermelinda es el único que se dedica al
cien por ciento a estampar acero entintado sobre papel.
“Ya volvió, pero sí
se salió del carril un rato”, comenta con dignidad profesional.
“No sé de más
colegas, no creo que queden”, señala, sin nostalgia.
El único tema que merma
la solidez de su semblante es el de los repuestos y las
descomposturas.
Dice que cuida con esmero
la salud de su herramienta de trabajo porque el señor que la
arreglaba ya falleció.
Por estos días,
Hermelinda batalla para escribir una minúscula. Sabe que debe mimar
a esa tecla.
Posee otra máquina, pero
su equipo es la Sg-3, ya acumulan tres décadas formando un tándem
eficiente. En la carcasa de la compañera de mil batallas pueden
apreciarse las cicatrices, el desgaste, las máculas del trabajo
ininterrumpido.
Hace poco, un señor le
ofreció una igualita en 3 mil pesos. Se le hizo cara, precio de
antigüedad.
Al local luego entran
vendedores con una Olympia, la Sg-3 u otro modelo, bajo el brazo, o
con un equipo de la competencia, una tal Olivetti. Las venden en 600
pesos, insisten. Ante la negativa de Hermelinda, se bajan a los 500
pesos. Ella, de momento, no está interesada.
Pasa problemas para
encontrar una de sus principales materias primas: la cinta. Tener un
listón bicolor de reserva no la tranquiliza, está a la expectativa
por si salta la liebre, alguien que le venda unas cuatro o cinco.
Antes, en los años de
horario extendido, gastaba cuatro cintas en dos meses. Hoy, una cinta
le dura mes y medio.
Un aliado extinto de
forma irreparable es el papel corrector Kores Radex. Fue
descontinuado hace varios años.
El papel no causa
problemas. Un paquete anda en los 100 pesos. No obstante,
este material da lugar a peticiones curiosas. Hay personas que buscan
hoja con el paso del tiempo impreso en su textura, hoja vieja,
amarillenta de ser posible. Si Hermelinda tuviera, le iría mejor.
TRADICIÓN
Hay adversidad, menos
chamba, una desaparición gradual de la clientela. Sin embargo, la
hija de Guadalupe se mantiene firme. La actividad en el local 98 no
principia ni se agota en su carácter de negocio. A Hermelinda le
importa, y mucho, el vínculo familiar.
Dará continuidad a su
herencia hasta donde pueda, porque cuando imprima fuerza por última
vez sobre una letra, ese será también, así lo prevé, el último
instante de vida del escritorio público.
Una hermana, maestra de
profesión, acude de vez en cuando. No se le ven ánimos de pasar
allí los días.
“Este negocio es mío”,
dice la mecanógrafa lírica y zanja la cuestión.
En su determinación
influye el recuerdo de mamá. Guadalupe le pedía a la economista
que siguiera con el escritorio.
“Su vida fue ésta”,
explica mientras extiende sus brazos alrededor de la máquina.
Mientras la arena del
reloj se agota, la heredera tiene clara su misión. “Conservo el
mismo gusto, la
misma actitud de
servicio, el mismo deseo de ayudar a la gente”, comparte cuando se
le pregunta si no ha pensado en bajar la cortina.
Mecanografiar una hoja
tamaño carta sale entre 10 y 15 pesos dependiendo de la extensión
del texto. Aumenta la tarifa a 25 o 30 pesos si el documento exige
dimensiones oficio.
La Olympia que hace unos
años devoraba tesis hoy día se alimenta con encargos de siete
hojas cuando mucho.
Hermelinda confirma que
todavía recurren a ella personas analfabetas. Aunque los clientes no
lo digan abiertamente, ella los reconoce.
“Me dicen que quieren
tal cosa por escrito, luego, me piden que lea el texto una y otra
vez, hasta estar completamente seguros de que dice lo que
ellos piden”, comparte.
La cuestión queda clara
cuando le toca ver al cliente depositar la huella digital y firmar
con una X sobre la línea donde le indican que dice su nombre.
En este escritorio de ocasión, las palabras, por muy aladas que sean, llegan, son
estampadas y se van. Así ha sido desde hace más de seis décadas.
Hermelinda no conserva sino unas cuantas muestras de su trabajo,
presupuestos, cotizaciones, ni un sólo poema, ni una canción, ni
una carta. No hizo copia al carbón de ningún pensamiento, verso o
línea magistral. Las palabras llegan, son estampadas. Las teclas,
como granos de arena, caen al fondo de este reloj de tinta. Una vez que se
acaben los teclazos, ninguna mano pondrá en marcha de nuevo
tan entrañable mecanismo.

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