El sector Alianza, en el
costado poniente del centro de Torreón, es un sitio ideal para
encontrar estilos de vida modestos, gritones de puesto, bajos niveles
de formación y una que otra existencia viciada.
Todos los días, no a
cualquier hora, en los oídos de la clientela resuenan las voces de
rigor: “pásele marchanta”, “llévele, llévele”, “golpe
avisa”.
Fachadas decaídas,
servicios básicos mermados, humo de camiones y malos olores forman
parte de la cotidianidad.
Desde hace décadas,
visitantes frecuentes bromean acerca del tamaño de la fauna roedora
en ese colorido ecosistema.
Un lamento frecuente
denuncia la presencia de facinerosos que, diría Quevedo, introducen
el dos de bastos para sacar el as de oros.
Desde la década pasada,
el sector ostenta la denominación de punto conflictivo por
excelencia en el mapa de la inseguridad torreonense.
No obstante, la Alianza
sigue de pie. Dos razones contribuyen a ello: su carácter de zona
comercial tradicional y su calidad de punto de encuentro. En ella
confluyen, además de vecinos de colonias aledañas, y de ciudades
hermanas, habitantes de comunidades rurales que abordan o descienden
de varias rutas suburbanas que hacen central allí.
A pesar de la mala fama,
el poniente aliancero recompensa el trabajo honrado.
HISTORIA
Egresado de la Facultad
de Odontología de la Universidad Autónoma de Coahuila, M encontró
en los andadores comerciales que colindan con el Cerro de la Cruz el
sitio ideal para ganarse la vida con su instrumental médico. Por
modestia y seguridad, pide mantener su nombre fuera de estas líneas.
La experiencia, apunta no sin razón, es lo importante.
Torreonense de
nacimiento, concluyó los estudios superiores en 1976. Comenzó su
devenir profesional en la Sierra de Chihuahua. Allá abrió un
consultorio en el municipio de Guachochi. Duró un año en esos
afanes.
En agosto de 1978 bajó
de las alturas serranas y regresó a la patria chica. Al mes
siguiente, inició su residencia en el sector Alianza.
La idea de insertarse en
el sistema circulatorio del mercado no fue suya. Un amigo de la
escuela inauguró el local, pero como se iba a cumplir servicio
social en Cuatro Ciénegas, buscó un cómplice. M aceptó la
invitación. Se alternaban el mando de la nave. Una semana para cada
quien. Su sociedad no duró. El fundador buscó nuevos horizontes y
le vendió a M la mitad del negocio.
A casi 42 años de
distancia, la rutina no ha variado. El espejo bucal sale a relucir
presto a determinar el curso de acción. Limpiezas dentales,
extracciones de piezas, reparar o reemplazar dentaduras, atender la
necesidad de placas...
CULTURA
Entre los servicios
habituales no hay tarea más difícil que retirar la muela del
juicio. Las personas, explica, la dejan pudrirse y sólo piden
asistencia médica cuando ya es demasiado tarde para salvarla. En
cuanto escuchan la solución a su malestar “lo que menos quieren es
que la quites”.
Un día llegó un cliente
a solicitar la extracción de un premolar. Estaba muy seguro de que
el odontólogo no iba a batallar. “El diente ya está flojo”,
dijo. No era así. El juego de la pieza se debía a que se había
quebrado; la raíz conservaba toda su solidez.
Como buen profesional
sanitario, M lamenta la falta de cultura que le da trabajo. “La
población no hace por cuidarse”, opina.
El dolor, no cualquier
dolor sino uno fuerte, lleva al afectado a consulta. Dolencias leves
alcanzan a producir un “ya se me pasará”. Malestares de
consideración, en cambio, preocupan y activan el último recurso.
Conservar las piedras de
molino de la boca, dice M con firmeza, debería ser una de las
prioridades de todo ser humano.
Una señora llegó con un
diente que supuraba. M le preguntó cuánto tiempo llevaba padeciendo
aquello. “Un año”, respondió ella. El doctor subrayó la
importancia de la dentadura, parte fundamental del buen comer y de la
correspondiente nutrición.
“¿Y si mejor no
como?”, dijo, de guasa, la mujer.
“Pues no coma”, fue
la réplica instantánea.
Perder un molar, un
premolar, un colmillo, un incisivo, implica más que un desperfecto
estético. Para suplir la baja en la alineación, los otros dientes
empiezan a moverse, tratan de ir hacia adelante. A la larga,
consiguen crear problemas.
Conservar o no el molino
bucal en buena condición depende bastante de la herencia genética.
Algunos niños, afirma,
traen los dientes picados, negritos, de origen. Están condenados,
debido al alto riesgo cariogénico impreso en su humanidad, a
batallar. La sentencia es de por vida.
Los infantes son el grupo
que menos se sienta en la silla de M, apenas 10 o 15 de cada 100
pacientes.
¿Cómo evitar las
piedras postizas? M recomienda:
a) Reducir el consumo de
ácidos, en especial salsas y aderezos que incluyen en sus fórmulas
químicos con capacidad para deshacer la parte más dura del cuerpo:
el esmalte dental.
b) Ajustar la
alimentación a lo que podemos masticar, tarea complicada para un
pueblo tan aficionado a los chicharrones. Eso no cambia el hecho de
que uno de ellos te puede quebrar el diente.
c) No irse a dormir sin
cepillar la dentadura, o si se prefiere, desalojar las bacterias con
dentífrico para impedir que trabajen toda la noche en un ambiente
propicio, a boca cerrada.
Que la salud bucal sea un
tema fundamental no modifica una práctica frecuente de la educación
hogareña, padres que dicen a sus hijos pequeños “si te portas mal
te llevamos al dentista”.
VIDA
La violencia mató al
centro, aseguran comerciantes de céntricas calles de Torreón. El
sector Alianza no fue incluido en la esquela. Para comprobarlo, dice
M, basta con echar una mirada fuera del local: “Hay gente, nunca ha
dejado de haberla”.
Seis personas copan la
sala contigua. Todas aguardan por el médico. M considera que están
ahí porque ofrece un tratamiento indoloro. Trabaja pensando en no
causar dolor físico y cobra lo justo, esto último alivia el
bolsillo.
Una conversación
ocurrida en la sala contigua confirma la aseveración del doctor.
Tres mujeres hablaban sobre la conveniencia de atenderse en la
facultad de la que egresó M. “Allá cobran más barato”, decía
una luego de relatar la experiencia de algún familiar. El auditorio
asentía. Ninguna se movió de su lugar. Todas esperaron.
Al escuchar el eco de
esos comentarios, M opina que ponerse en manos de los muchachos
(estudiantes) entraña un riesgo. “Ellos lo que hacen son
prácticas”, remata.
Enseguida, rememora a
compañeros de generación que se graduaron y no tuvieron suerte, o
no trabajaron bien, o no le echaron ganas. Cualquiera que fuera el
caso, acabaron dedicándose a otra cosa.
En esta profesión,
explica, suelen fallar quienes no ven seres humanos metidos en
aprietos sino dinero.
Semanas atrás, un
individuo solicitó una endodoncia, terapia para salvar dientes
enfermos que consiste en limpiar el interior de una pieza afectada,
rellenarla y sellarla. La óptica de un colega había planteado la
necesidad inexorable del procedimiento. M glosó las características
del trabajo y el precio. El consumidor prefirió extirpar la pieza.
VIOLENCIA
Desde su consultorio
enclavado en la dinámica del sector aliancero, M atestiguó, casi
siempre de oído, eventos cargados de plomo. Nunca cerró. Comparte,
con humor, una ocasión en la que no fue a trabajar. Era sábado y no
había pendientes en la agenda. Decidió quedarse en el hogar. Al
lunes siguiente, vecinos le llevaron una noticia del tipo que no sale
en los periódicos. Comisionistas del desorden habían visitado todos
los locales de la zona. Cobraron parejo. Los vecinos le preguntaron
si alguien le dio el pitazo. M respondió: “Sí, san Judas Tadeo”.
También tiene presente
el caso de dos conocidos del sector que fueron levantados. Los
confundieron. Uno sobrevivió al error, el otro no.
La Alianza sigue viva,
pero bajo estrictas normas de autoprotección. Una del dominio
público dicta concluir la jornada y marcharse a casa a las cinco en
punto de la tarde.
¿Toque de queda? No
oficialmente, más bien, se trata de una recomendación que
puesteros, trabajadores, marchantes y profesionistas del poniente
aliancero procuran seguir a rajatabla: no andar por ahí después de
las diecinueve horas.
LEGADO
Del consultorio salieron
las carreras de sus seis hijos. Uno de ellos siguió el mismo camino
de la encía anestesiada y los fórceps.
Por el contexto, puede
parecer que la consulta de M se especializa en bolsillos de bajos
recursos. No es así. También atiende, desde hace décadas en varios
casos, a pacientes acomodados.
El tema de la clientela
fiel despierta la mención de una familia de Monterreycillo,
localidad de Lerdo, Durango.
“A ellos los he
atendido toda la vida. Al abuelo, al papá, a los hijos y ahora a
nietos y bisnietos”, dice, no sin asombro.
M tiene clara la fórmula:
“Si eres derecho, la clientela te respeta, de otro modo, empieza a
dudar”.
A veces sucede que un
individuo solicita algún producto, deja un anticipo y vuelve meses
o años después a recuperar el dinero. El cirujano dentista muestra
la placa o la pieza de repuesto manufacturada con el adelanto. “Quien
hizo el encargo se molesta porque ya no la quiere”, dice mientras
abre un cajón que guarda diversos trabajos pendientes de entrega.
“Varios de ellos los tiro, no le sirven a nadie más”, expone.
El trato fácil, cordial
y cálido le viene de cuna. Su padre “era muy social”. A esa
formación cabe agregar las lecciones de psicología recibidas en la
facultad.
La intervención paterna
fue definitiva en la singladura de M. A principios de los setenta,
indica, el plan era ser ingeniero eléctrico. Estudiaba en el
Tecnológico de la Laguna. Buen atleta, se apuntó al equipo de
natación de la escuela. En la disciplina de piscina le fue bien.
Representó a la institución en juegos intertecnológicos. Sin
embargo, el mérito deportivo mermó el rendimiento académico. Las
calificaciones naufragaron hasta echarlo del Tec.
Su padre entró al
rescate. Aconsejó al vástago, le dijo que aprovechara su habilidad
manual, incluso le sugirió la carrera dental.
“Así lo hice, y amo mi
profesión”, las palabras brotan desde una sonrisa.
Los conocimientos de
ingeniería adquiridos aún le resultan útiles.
“Yo hice toda la
instalación eléctrica de aquí”, dice mientras señala los cables
que cruzan el consultorio.
La influencia del
progenitor todavía norma parte de la rutina en este local con casi
42 años de labor.
“Mi papá ayudaba a
todo mundo, a veces hasta pagaba cosas que no le correspondía”,
dice, como quien repite una enseñanza de sobra machacada.
El contexto difícil que
rodea a la consulta odontológica no impide, acaso hasta motiva, que
el hijo incurra en el mismo cálculo solidario. Muchos clientes salen
tranquilos, complacidos, incluso felices, porque o han aliviado su
dolor pagando una tarifa mínima o bien el cirujano de las dentaduras
sólo les ha pedido cubrir el costo de los materiales que resuelven
el problema.
Con ejemplos así, no es
de extrañar que la Alianza siga viva.

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