Cuando hablo de observar
los videojuegos como películas de alta calidad, pienso en el
universo creado por Hideo Kojima.
A principios de la década
pasada jugué, no sin fascinación, dos Metal Gear, el Solid Snake y
el Sons of Liberty.
Los demás títulos los
he disfrutado como lo haría el seguidor de un serial de televisión,
siempre pendiente de una nueva temporada, o de una saga de películas,
siempre pendiente del próximo capítulo.
Hay razones muy
personales que explican mi inclinación por el universo de Kojima.
James Bond me ganó para
la causa del espionaje desde la infancia.
En cada misión del 007
hay un enemigo, una rutina de mujeres hermosas, vehículos de lujo y
gadgets sorprendentes.
Bond siempre encuentra el
modo de vencer al mal.
La fórmula de sus
aventuras, tan espectacular como sencilla, atrapa mis ojos.
Ya dotado de cierto
entendimiento, descubrí el espionaje por escrito en las obras de
John Le Carré y Graham Greene.
Entré de lleno en esa
casa de espejos que es la rutina de los espías.
Dentro de esa casa, la
apariencia humana se deforma; los malos no lo son tanto, los buenos
hacen cosas terribles.
Si las cosas salen más o
menos bien, el mal menor gana la partida.
TRASFONDO NUCLEAR
La creación de Kojima se
encuentra en algún punto intermedio entre el infalible personaje de
Ian Fleming y los seres defectuosos que habitan libros como El Americano Impasible o El Topo.
Metal Gear es el nombre
de un tanque bípedo con capacidad para lanzar armas nucleares.
Una característica
inestimable del juego es el sigilo.
Infiltrarte en bases
enemigas para destruir al bípedo mecánico requiere andar pecho
tierra, camuflarte, sorprender a los enemigos que bajan la guardia,
eludir las cámaras de vigilancia.
Con práctica y
perseverancia, consigues recorrer buena parte de cada nivel sin
lanzar un disparo.
Hay acción, desde luego,
y gadgets y, mucho, mucho diálogo.
Los protagonistas de los
juegos hablan y hablan, quizá demasiado, con sus aliados, con los
enemigos.
De la mano del diálogo,
la historia adquiere grosor y profundidad.
Así, nos enteramos de
que nuestra misión es apenas una escaramuza de una partida de
ajedrez que tiene al mundo por tablero.
Detrás de los
movimientos de las piezas están mentes maestras de la Unión
Soviética, de Occidente y de sociedades secretas muy poderosas.
Para alcanzar sus metas,
todos los jugadores utilizan marionetas armadas con habilidades
especiales o tecnologías letales.
Como la partida es larga,
ocurre que, de un momento a otro, los engaños pierden el velo o
surgen oportunidades que despiertan ambiciones.
Las lealtades cambian, el
hijo pródigo traiciona a la madre patria, el hijo sintético
desarrolla un olfato propio que no estaba en sus
genes.
Dentro del aluvión de
vueltas de tuerca, también sucede que un mercenario encuentra una
causa justa.
El cine y la televisión
suelen incursionar en la esfera del espionaje o con apego estricto
a la complejidad que desalienta el buen ánimo de mucho espectador o
con una inclinación hacia la acción que pone a dormir las neuronas.
Metal Gear es una
propuesta en modo cinematográfico que ofrecen los videojuegos
a quien busca una buena casa de los espejos con aluviones de acción.
Imagen de Metal Gear Solid V: The Phantom Pain

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