jueves, 26 de diciembre de 2019

Jugar al espía


Cuando hablo de observar los videojuegos como películas de alta calidad, pienso en el universo creado por Hideo Kojima.
A principios de la década pasada jugué, no sin fascinación, dos Metal Gear, el Solid Snake y el Sons of Liberty.
Los demás títulos los he disfrutado como lo haría el seguidor de un serial de televisión, siempre pendiente de una nueva temporada, o de una saga de películas, siempre pendiente del próximo capítulo.
Hay razones muy personales que explican mi inclinación por el universo de Kojima.
James Bond me ganó para la causa del espionaje desde la infancia.
En cada misión del 007 hay un enemigo, una rutina de mujeres hermosas, vehículos de lujo y gadgets sorprendentes.
Bond siempre encuentra el modo de vencer al mal.
La fórmula de sus aventuras, tan espectacular como sencilla, atrapa mis ojos.
Ya dotado de cierto entendimiento, descubrí el espionaje por escrito en las obras de John Le Carré y Graham Greene.
Entré de lleno en esa casa de espejos que es la rutina de los espías.
Dentro de esa casa, la apariencia humana se deforma; los malos no lo son tanto, los buenos hacen cosas terribles.
Si las cosas salen más o menos bien, el mal menor gana la partida.
TRASFONDO NUCLEAR
La creación de Kojima se encuentra en algún punto intermedio entre el infalible personaje de Ian Fleming y los seres defectuosos que habitan libros como El Americano Impasible o El Topo.
Metal Gear es el nombre de un tanque bípedo con capacidad para lanzar armas nucleares.
Una característica inestimable del juego es el sigilo.
Infiltrarte en bases enemigas para destruir al bípedo mecánico requiere andar pecho tierra, camuflarte, sorprender a los enemigos que bajan la guardia, eludir las cámaras de vigilancia.
Con práctica y perseverancia, consigues recorrer buena parte de cada nivel sin lanzar un disparo.
Hay acción, desde luego, y gadgets y, mucho, mucho diálogo.
Los protagonistas de los juegos hablan y hablan, quizá demasiado, con sus aliados, con los enemigos.
De la mano del diálogo, la historia adquiere grosor y profundidad.
Así, nos enteramos de que nuestra misión es apenas una escaramuza de una partida de ajedrez que tiene al mundo por tablero.
Detrás de los movimientos de las piezas están mentes maestras de la Unión Soviética, de Occidente y de sociedades secretas muy poderosas.
Para alcanzar sus metas, todos los jugadores utilizan marionetas armadas con habilidades especiales o tecnologías letales.
Como la partida es larga, ocurre que, de un momento a otro, los engaños pierden el velo o surgen oportunidades que despiertan ambiciones.
Las lealtades cambian, el hijo pródigo traiciona a la madre patria, el hijo sintético desarrolla un olfato propio que no estaba en sus genes.
Dentro del aluvión de vueltas de tuerca, también sucede que un mercenario encuentra una causa justa.
El cine y la televisión suelen incursionar en la esfera del espionaje o con apego estricto a la complejidad que desalienta el buen ánimo de mucho espectador o con una inclinación hacia la acción que pone a dormir las neuronas.
Metal Gear es una propuesta en modo cinematográfico que ofrecen los videojuegos a quien busca una buena casa de los espejos con aluviones de acción.


Imagen de Metal Gear Solid V: The Phantom Pain

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