miércoles, 11 de diciembre de 2019

El zombi de los videojuegos


A finales del siglo pasado, mi hermano mayor y yo, en ese entonces jóvenes sin mucha idea del mundo, entrampados como estábamos en los estudios y el laburo parcial, juntamos un dinerillo para comprar el regalo de Navidad que se nos habia negado por largo tiempo. Depositamos nuestra confianza en un amigo que fayuqueaba diversión electrónica, leáse videojuegos. Le encomendamos la sencilla misión de comprarnos el Nintendo más fregón que hubiera en el mercado.
Al cabo de una semana, Alán, tal es el nombre del entrañable camarada, regresó de su viaje comercial. Con encomiable sentido del deber se apersonó en nuestra oscura vivienda. Tuvo que esperar algunos minutos frente a la puerta porque a esa hora, pasada la medianoche, sus clientes ya estaban dormidos.
Luego de las explicaciones de rigor y la promesa de no hacer ruido, madre volvió al descanso.
Reunidos en la sala de la casa, Alán abrió la caja que llevaba consigo. Lo que salió de ahí no era aquello que habíamos pedido.
Sin disimular la decepción, y el escepticismo, accedimos a darle una oportunidad. Nuestro proveedor conectó la PlayStation a la tele, introdujo un disco en el aparatejo y luego de encender la consola apagó la luz de la habitación.
El título del juego no nos dijo mucho, tan grande era nuestro desconocimiento del idioma inglés. Por fortuna, no se ocupaba mucha lengua extranjera para seleccionar a uno de los dos personajes jugables. La narración introductoria ya venía subtitulada.
Puestos en fuga por criaturas tan feroces como carnívoras, los integrantes del equipo Alfa se refugiaban en el interior de la horripilante mansión. El ruido de un disparo interrumpía su diálogo. Había que investigar y quién mejor que nuestro personaje para ir a echar un ojo. Entramos al comedor. Vimos una larga mesa, muchas sillas, un reloj, un jarrón, un cuadro, un charco de sangre, una chimenea, un escudo de armas, nada raro.
Al fondo del comedor había otra puerta, la oportunidad de encontrar más pistas. Salimos a un pasillo, tomamos a la izquierda, dimos vuelta a la derecha y encontramos a una persona en cuclillas, de espaldas a nosotros, junto a un cuerpo extendido, inerte, que, para nuestro asombro, comenzó a sangrar en abundancia. El tipo en cuclillas notó la presencia de nuestro personaje, giró la cabeza y lo que vimos era, era, sí, era el primer filón de esa mina llamada survival horror (horror de supervivencia).
Escribo estas líneas porque hace unas horas la empresa Capcom anunció que el próximo año saldrá a la venta la traslación a las consolas actuales del Resident Evil 3 (el original fue lanzado en 1999).
Mi entusiasmo no nace de la idea de jugar este título. La dinámica jugable en la que fui educado, moverse a la izquierda o a la derecha, saltar, golpear o disparar, aún tiene cabida en las estanterías, mas con la etiqueta de producto de nostalgia.
Sucede que aún disfruto enormemente de los videojuegos, pero lo hago desde la postura de un bien educado consumidor de entretenimiento audiovisual. Gracias a la magia de canales de YouTube como DarkPlayer Gaming TV, veo muchas aventuras de consola como películas y series con historias, conceptos visuales y bandas sonoras de alta calidad.
Como fiel seguidor del cine de zombis, formó parte la horda desde que a los nueve años de edad vi el refrito de La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1990), dirigido por Tom Savini, en abril próximo veré, no sin cierto deleite, ésta nueva versión de una película que ya conozco.

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