A finales del siglo
pasado, mi hermano mayor y yo, en ese entonces jóvenes sin mucha idea del mundo,
entrampados como estábamos en los estudios y el laburo parcial,
juntamos un dinerillo para comprar el regalo de Navidad que se nos
habia negado por largo tiempo. Depositamos nuestra confianza en un
amigo que fayuqueaba diversión electrónica, leáse videojuegos. Le
encomendamos la sencilla misión de comprarnos el Nintendo más
fregón que hubiera en el mercado.
Al cabo de una semana,
Alán, tal es el nombre del entrañable camarada, regresó de su
viaje comercial. Con encomiable sentido del deber se apersonó en
nuestra oscura vivienda. Tuvo que esperar algunos minutos frente a la
puerta porque a esa hora, pasada la medianoche, sus clientes ya
estaban dormidos.
Luego de las
explicaciones de rigor y la promesa de no hacer ruido, madre volvió
al descanso.
Reunidos en la sala de la
casa, Alán abrió la caja que llevaba consigo. Lo que salió de ahí
no era aquello que habíamos pedido.
Sin disimular la
decepción, y el escepticismo, accedimos a darle una oportunidad.
Nuestro proveedor conectó la PlayStation a la tele, introdujo un
disco en el aparatejo y luego de encender la consola apagó la luz de
la habitación.
El título del juego no
nos dijo mucho, tan grande era nuestro desconocimiento del idioma
inglés. Por fortuna, no se ocupaba mucha lengua extranjera para
seleccionar a uno de los dos personajes jugables. La narración
introductoria ya venía subtitulada.
Puestos en fuga por
criaturas tan feroces como carnívoras, los integrantes del equipo
Alfa se refugiaban en el interior de la horripilante mansión. El
ruido de un disparo interrumpía su diálogo. Había que investigar y
quién mejor que nuestro personaje para ir a echar un ojo. Entramos
al comedor. Vimos una larga mesa, muchas sillas, un reloj, un jarrón,
un cuadro, un charco de sangre, una chimenea, un escudo de armas,
nada raro.
Al fondo del comedor había otra puerta, la oportunidad de
encontrar más pistas. Salimos a un pasillo, tomamos a la izquierda,
dimos vuelta a la derecha y encontramos a una persona en cuclillas,
de espaldas a nosotros, junto a un cuerpo extendido, inerte, que,
para nuestro asombro, comenzó a sangrar en abundancia. El tipo en
cuclillas notó la presencia de nuestro personaje, giró la cabeza y
lo que vimos era, era, sí, era el primer filón de esa mina llamada
survival horror (horror de
supervivencia).
Escribo
estas líneas porque hace unas horas la empresa Capcom anunció que
el próximo año saldrá a la venta la traslación a las consolas
actuales del Resident Evil 3 (el original fue lanzado en 1999).
Mi
entusiasmo no nace de la idea de jugar este título. La dinámica
jugable en la que fui educado, moverse a la izquierda o a la derecha,
saltar, golpear o disparar, aún tiene cabida en las estanterías, mas con la etiqueta de producto de nostalgia.
Sucede
que aún disfruto enormemente de los videojuegos, pero lo hago desde
la postura de un bien educado consumidor de entretenimiento
audiovisual. Gracias a la magia de canales de YouTube como DarkPlayer Gaming TV, veo muchas aventuras de consola como películas y series
con historias, conceptos visuales y bandas sonoras de alta calidad.
Como
fiel seguidor del cine de zombis, formó parte la horda desde que a
los nueve años de edad vi el refrito de La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1990), dirigido por
Tom Savini, en abril próximo veré, no sin cierto deleite, ésta
nueva versión de una película que ya conozco.

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